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Un estrépito en medio de las ruinas calladas

(Traducido por Daniel M. Dayley, con Soledad Mora Vasquez.)

Hace un año, en una luminosa mañana de verano en las montañas Jemez del norte del estado de Nuevo México, tomé un descanso de un estudio sobre el agua de la comunidad que estaba realizando para explorar el campo. Todo lo que había a mi alrededor eran los campos y huertos de rancheros hispanos cuyos antepasados indígenas (los indios pueblo) y españoles habían regado estas tierras a través de innumerables generaciones. Un amigo mío entre ellos, que trabaja facilmente igual como constructor, agricultor o ingeniero, y que posee la fuerza de un gladiador, dijo que me llevaría al pie de un cañon muy especial, un lugar distinto a todo lo que había visto en mi vida, con tal de que le prometiera no revelar a nadie su ubicación. “No queremos que todo tipo de gente conduzca cuesta arriba y cuesta abajo del camino, estacionando sus coches y tomando fotos”, dijo. Estuve de acuerdo, aceptando con entusiasmo la invitación.

En el camino hacia el cañón, me dijo que el sendero me llevaría hacia arriba a las ruinas de un pueblo de los antiguos, los indios pueblo ancestrales, que vivieron en este lugar durante generaciones y que abandonaron el lugar de forma misteriosa hace unos 700 años. La mayoría de la gente especula que ellos se dispersaron cuando las lluvias fallaron durante demasiado tiempo, lo que ahuyentó a la caza y secó los manantiales que regaban sus cultivos. Mientras que mi amigo me llevó al comienzo del sendero a través de un barranco boscoso, me impresionó la fragilidad del  equilibrio hídrico que permanece en esta tierra árida. Mi anfitrión me mostró las acequias, o canales de tierra excavados a mano que él y sus vecinos desobstruyen cada primavera por lo que las aguas de la montaña cercana continuarán fluyendo hacia sus tierras de cultivo río abajo.

Al final del camino, vimos la fuente de agua para las acequias. Un tubo perforado en el lecho de roca de una ladera de la montaña produjo un flujo abundante de agua clara y fría. Llené un par de botellas para la larga caminata por delante. Un poco más adelante la pista de tierra se convirtió en un sendero pequeño y luego desapareció.

“Aquí es donde comienza,” dijo, señalando hacia arriba de una ladera empinada cubierta de arbustos jóvenes de aliso y piñón.” ¿Ves el camino?”

“No, yo no,” dije nerviosamente.

“Oh, está ahí,” respondió rápidamente, señalando a la misma dirección. “Lo encontrarás pronto. Y si no lo haces, sólo dirígete hacia arriba, ¿sabes? Y verás un barranco, y luego la mesa a tu derecha. Los kivas están ahí arriba. Siempre puedes encontrar el camino si justo vas hasta la parte superior de esa pared. Y si sigues adelante por el camino y llegas a algunos pinos ponderosa, es que habrás ido demasiado lejos. Si sigues adelante te vas a caer del otro lado.”

Es cierto que era una imprudencia hacer el senderismo sola en una tierra salvaje sin camino y sin puntos de referencia claros, salvo una vaga advertencia sobre ponderosas y bajadas escarpadas. Pero, decidí que valía la pena correr el riesgo. Recuerdo que pensaba sobre la posibilidad de nunca poder estar aquí de nuevo, nunca poder ver este lugar, nunca tener la oportunidad de caminar en un sitio como este, antes de que sea acordonado y cubierto con concreto, con un aparcamiento y una tienda de regalos y con las vías de acceso y las multitudes de turistas sacando selfies delante de los sitios ceremoniales y luego mirando a sus teléfonos para ver si los amigos hubieran observado su última entrada en el cyberespacio. Los agricultores del valle estaban decididos a mantener su pueblo tranquilo, fuera del radar de los turistas. Pero sus hijos adultos no se quedaban en la comunidad, y eso probablemente significaba que la tierra se cambiaría de manos, desde Hispano a Anglo. Los empleos ajenos eran atractivos, mientras las granjas de la comunidad local fracasaban con demasiada facilidad, y el gobierno del estado había clausurado las escuelas locales por falta de números y presupuestos. Este probablemente se convertiría en otro valle de agricultores aficionados—que cultivaban por preferencia y no por necesidad—de posadas y de profesionales adinerados que podían hacer su trabajo de cuello blanco en las finanzas o la ley o la ingeniería, de forma remota.

Batallé para escalar la cuesta y el sol me quemaba el cuero cabelludo mientras salía del bosque. Caminé por un sendero a lo largo del lado del cañón que me separó de la cima de la mesa. Después de un tiempo, vi la parte superior de los kivas por encima del precipicio de piedra arenisca. Sobre la mesa, miles de bloques de piedra de pómez de forma sesgada yacían en un campo que se extendía por media milla o más. No sabía cómo se suponía que yo debía llegar hasta allí—el cañón era profundo y el risco era una pared vertical. Pero, teniendo en cuenta las direcciones de mi amigo, seguí adelante. Finalmente, vi los pinos ponderosa de que me había advertido mi guía. Demasiado lejos, pensé. A pesar de su advertencia, me acerqué a ellos, sólo para ver lo que era la bajada, y miré hacia abajo una caída vertiginosa de 2.000 pies hasta el fondo del valle.

Los pinos ponderosa resultaron guías fieles; mirando a mi alrededor, vi a mi derecha un puente sobre la parte superior del cañón en el que podía escalar hacia la cima de la mesa. Ahora en el pleno sol del mediodía, estaba caminando a través de las ventanas de roca sedimentaria que se había desgastado por siglos de uso humano. El camino fue grabado en la piedra como si estuviera alisado por el agua, pero se dirigió de manera decidida hacia los kivas. Anduve a lo largo de él, pensando en las fuerzas aterradoras que trajeron a los Antiguos a este lugar, tan lejos por encima de donde fluye diariamente el agua dulce, y también tan vulnerable a las tormentas que descargan pulgadas de lluvia y granizo en el espacio de una hora. Quedé maravillada, pensando acerca de Tom Outland in La casa del profesor por Willa Cather, martirizado en la Primera Guerra Mundial, quien describió su maravilloso descubrimiento de la Ciudad del Peñasco, un sitio Anasazi cuyos orígenes quedan en el misterio: “Un pueblo que tenía la fuerza de voluntad de construir allí, y que vivía día a día mirando hacia abajo tal grandeza, que iban y venían por los senderos peligrosos, y que debían de haber sido, como a menudo nos decíamos, una gente excelente. Pero, ¿qué fue lo que había pasado con ellos? ¿Cuál catástrofe los había abrumado?”

Pedernales cubrían el suelo; cada metro o dos vi piezas de cerámica pintada de blanco y negro. Recogí las esquirlas y una punta de flecha esporádica. Eran cálidas, como si hubiesen estado sostenidas recientemente en la palma de una mano humana. Dejé los artefactos en el suelo, como los habían encontrado, salvo uno—un fragmento de cerámica que puse en mi bolsillo durante un tiempo, sintiendo mientras todo una vergüenza por mi avaricia en querer guardar para mí una parte de esta belleza. Las piedras pómez yacían donde habían caído de las paredes que una vez habían albergado a las personas que habían pasado siglos aquí, mirando las estrellas mientras se movían a través del cielo, cometa a cometa, mirando la sombra umbral de la Luna mientras eclipsaba el sol a intervalos sagrados, y viendo la Tierra arrojar su sombra sobre la Luna.

La piedra pómez es un magnífico material de construcción. Un bloque de un pie de largo es lo suficientemente ligero como para que un niño lo pueda levantar, y sin embargo es tan fuerte que mantiene su forma durante mil años después de haber sido formado. Me dijeron que las herramientas de obsidiana y de cuarcita que cubrían el suelo provenían de una montaña a pocos kilómetros de distancia. La piedra pómez, sin embargo, se extraía en la mesa donde se encontraban. Los constructores tomaron el material de las canteras de poca profundidad que cavaron de forma circular precisa, dejando lo que parecía ser círculos ceremoniales—ventanas a los cielos, quizás, reservadas para los más viejos y más sabios que conocían, debido a años de mirar hacia arriba, el rumbo que llevaban las estrellas a través del cielo.

Me deleitaba en la luz y el silencio, viendo un buitre de cabeza colorada montar las térmicas en el cielo sobre el valle. Recordé la frase bella de Oliver Wendell Holmes: “Y el silencio, como una cataplasma, viene a curar los golpes de sonido.” Me hubiera quedado más tiempo, pero las nubes de tormenta amenazaron desde el noroeste. Miré las mitades carbonizadas de pinos que habían sido fulminados por un rayo en innumerables tormentas del desierto, y decidí que debía descender de la mesa.

Illustration by Alicia Brown

Descender fue traicionero. Ya no me ubiqué bien; en mi encanto en la mesa me perdí y ya no sabía donde estaba el medio camino en que había llegado, habiendo caminado a lo largo de la mesa en busca de un atajo que mi amigo también me había asegurado que era fácil de encontrar. Mi corazón latía más rápido y me di cuenta de que no sabía cómo bajar de la escarpadura. Los nubarrones se me acercaban. El trueno sonó en la distancia y chorros de agua se abrieron sobre la mesa al otro lado del valle. El propio cañón fue una mala elección como salida, pero lo tomé de todas formas y me deslicé hacia abajo sobre el esquisto suelto, quedándome atrapada cada cincuenta pies más o menos en los salientes de rocas afiladas. Me peleé de nuevo para subir alrededor y atajar cuesta abajo a través de los matorrales, las rocas y los cantos rodados, y alcancé las cornisas por encima de mi cabeza. Entonces, cuando alcancé por encima de mi cabeza, un dolor caliente me quemó la mano y encontré la superficie ocupada por un cactus de cola de castor. Miré hacia abajo mi palma, ahora cubierta de una piel verde de espinas. Intenté cepillar las púas de mi piel, y luego empecé a tirarlas desesperadamente, sabiendo que esto dejaría las púas en las yemas de mis dedos. Unos minutos más tarde, otro corto ascenso en busca de una forma de evitar una caída abrupta de granito produjo esquisto pedernal que se desmoronaba y caía amenazadoramente sobre mi cabeza. Pensé en la posibilidad de que una serpiente de cascabel o un escorpión saludara una mano extendida en la siguiente cornisa. Mientras que un malestar descendía sobre mí, traté de recordarme a mí misma que no debía entrar en pánico.

Al descender, pasé varias albergues excavados del granito. Fue evidente que las manos humanas habían trabajado para hacer estas estructuras. Eran lo suficientemente grandes como para que una persona pudiera ocupar una de ellas, casi del tamaño de una cabina de peaje. Las rocas talladas dieron hacia afuera, lejos del asentamiento. Sin embargo, no hubo carbonización en ellas, es decir, no dieron señales de humo de los incendios, por lo que concluí que no habían sido cortavientos para servir de puestos remotos para cocinar. También parecían demasiado expuestos como para ser lugares de sepultura. Me pregunté si el propósito de las rocas era eminentemente claro para alguien que viviera de esta tierra. Puesto que yo era ajeno, su uso previsto era totalmente fuera de mi alcance. ¿Fueron puestos de guardia? ¿Había habido guerras en las que habían luchado por este lugar y por el agua preciosa y los terrenos de caza de más abajo? O, ¿fueron atalayas para estar al acecho de los osos y lobos, que durante la mayor parte de su historia como especie habían tenido la mejor baza sobre los seres humanos, consumiéndolos a voluntad?

En silencio, mis pensamientos derivaban hacia la cuestión de lo que las generaciones del futuro van a pensar de nosotros al buscar por medio de, y clasificar, nuestras ruinas del siglo XXI. ¿Le pareceremos a un Tom Outland del siglo vigésimo sexto, como él decía, una gente excelente? ¿Especularía un arqueólogo inteligente del futuro que las esquirlas de los restaurantes de comida rápida son templos? Con sus muladares de residuos sólidos y sus restos de dinero y comida, se podría concluir que se trataba de lugares religiosos, con diferentes marcas y logos que significan deidades competidoras. ¿Produciría una excavación extensiva la conclusión de que los siglos XX y XXI marcaron una época de transición, desde un monoteísmo regional con figuras como “Dios” y “Alá” y “Buda” hacia una nueva liturgia ágil de una fidelidad comparativa a los valores, con su fetichismo concomitante de la “utilidad marginal” y la “destrucción creativa?”

HWilliams Illustration 2 11.2014

Tal vez, además de una Biblia o un Corán, una copia de Snowcrash, la novela brillante de Neal Stephenson de hace 20 años, vaya a sobrevivir y ser decodificada. Teniendo en cuenta lo que más encontrarían los arqueólogos, se leería no como ciencia ficción, sino como una versión moderna de Heródoto—una verdad embellecida pero épica. Definitivamente, se convierte en el periodismo premonitorio en el 2014 de la era común.

La novela se sitúa en Los Ángeles, pero notablemente no en EEUU, el cual se ha reducido al tamaño de una ciudad-estado y ha cedido casi todo su poder a las organizaciones privadas y a las empresas. Los caudillos militares despóticos incluyen un servicio de entrega de pizza operado por la mafia que se extiende por un dominio transatlántico y que liquida a los conductores a voluntad, a la vez que  mantiene una base de clientes satisfechos, garantizando una pizza en treinta minutos o menos. En el libro hay ejércitos mercenarios que compiten por contratos y guardias privados que mantienen la paz para los ricos que viven en urbanizaciones soberanas cerradas y conducen sobre las carreteras gestionadas por empresas de transporte armadas. Los menos acaudalados viven en las instalaciones de almacenamiento y se ocupan en trabajar y jugar en un Metaverso generado por computadora, o peor aún, flotan en islas gigantescas de basura, atadas juntas en el Océano Pacífico, bajo el pulgar de un millonario de fibra óptica llamado L. Bob Rife.

Del mismo modo que la Historia de Heródoto narra la guerra de Troya y el ascenso de Esparta junto con los relatos de los oráculos y una descripción sin sentido de Babilonia, también Snowcrash oscila entre proyecciones lógicas sobre el futuro y eventos que se supone que no podrían pasar. Los dioses caprichosos, el mal liderazgo y la subida del nivel de los mares. El Tom Outland del futuro tendrá mucho que recorrer.

Mientras tanto, en el cañón, unas gotas gordas de lluvia cayeron mientras el sol brillaba. Una nube solitaria vació su contenido sobre mí mientras descendía, ahora con las rodillas ensangrentadas y una mano derecha hinchada. Finalmente, vi la tubería que conducía a la acequia y la parte amplia de la barranca que conducía de nuevo al punto de partida. Cesó la lluvia y quedé maravillada por una polilla del colibrí que revoloteaba sobre un rosal silvestre.


Heather Williams, Ph.D., es profesora de política y análisis medioambiental en Pomona College y ha escrito sobre los movimientos sociales, los recursos alimentarios e hídricos, la mano de obra, y la migración. Con su colega peruano Javier Bojorquez Gandarillas, ella co-fundó la iniciativa del monitoreo ciudadano de Suma Quta “Lago Bello” en la cuenca del Lago Titicaca de Perú y Bolivia. Actualmente está escribiendo una biografía sobre su línea divisoria local, el Río de Santa Ana.

 

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