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Rituales de la vida urbana del Tokio post-crecimiento

Shimokitazawa, Tokyo

(Traducido por Daniel M. Dayley, con Soledad Mora Vasquez y Priscila Garcia.)

Recientemente, mientras reflexionaba acerca de cómo surgieron y evolucionaron los rituales de la vida del Tokio moderno junto con el crecimiento de la ciudad, y en lo que los rituales del Tokio post-crecimiento podrían convertirse, pasé una tarde deambulando por Shimokitazawa, un barrio al oeste de Tokio, que es popular por su sensación de encanto local. Desde el final de la guerra, el barrio ha evolucionado orgánicamente en un mosaico de bares de jazz y tranquilos cafés, tiendas llenas de telas exóticas y baratijas estrafalarias, y artesanos y residentes que tienen sus hogares en una desordenada red de callejones que emanan desde la encrucijada de dos líneas de tren.

En una pequeña librería de libros usados ubicada en un segundo piso, tomé un libro de un estante lleno de títulos sobre memorias y ruinas. Mi Mapa de Tokio, escrito por Ineko Sata en 1949, es una elegía de la experiencia de la ciudad vivida por la autora, en la que narra los paseos por los barrios de su pasado; los tablones de madera sobre callejones de tierra bordeados por hileras de casas adosadas, el olor aceitoso de carne asada mientras flotaba a través de los terrenos de un templo tranquilo; así como los nombres y rostros de las personas que eran tan esenciales para la geografía de la ciudad, como los edificios y calles. Como el título lo indica, el libro es una crónica del Tokio que sólo ella conocía, un pequeño mundo de significado personal derivado de lugares locales y rituales que han desaparecido en su mayoría; mientras que terremotos, guerras y el desarrollo económico continuamente borraron y reescribieron Tokio durante el siglo XX. En una ciudad donde el edificio promedio es menor a 30 años de edad, la historia es a menudo difícil de encontrar físicamente; es más fácil de buscarla en páginas de libros viejos en Jimbocho, o en las tradiciones y artesanías transmitidas de generación en generación en Asakusa.

El Tokio moderno es un gran paisaje artificial que alberga a 35 millones de personas. Pero, prestando atención a los nombres de los lugares, podemos imaginar la red de pueblos que ocuparon la región en torno al antiguo Edo hace sólo 150 años: nombres bucólicos como Yanaka “en la valle”, Kayabacho “campos de paja”, Gotanda “cinco campos de arroz”, o Shimokitazawa “riachuelo norte-inferior”, son recordatorios de las características tan locales que definieron a las comunidades hace sólo unas pocas generaciones. Hoy en día, los nombres de los lugares son poco más que puntos de referencia para introducir en nuestros smartphones mientras navegamos bajo tierra a través de un paisaje que se ha vuelto cada vez más sin lugar, cubierto en todas partes con tiendas de conveniencia omnipresentes, estaciones de tren y edificios anodinos de concreto.1

Tokyo Skyline

Aunque las ciudades han existido durante miles de años, las ciudades capitalistas de la era industrial surgieron junto con una forma de vida totalmente nueva; una innovación rápida en la tecnología de transportes y comunicación posibilitó que la gente, los productos y la información viajaran cada vez más ampliamente, lo que permitió economías de escala. Pero también, al mismo tiempo, todo esto convirtió a los individuos en engranajes intercambiables en un sistema de producción industrial. Las comunidades locales, cada una con su propia historia acumulada de rituales sociales, económicos y culturales, fueron subsumidas gradualmente en nuevos sistemas sociales y económicos de mayor tamaño. Surgió la necesidad, no sólo de concebir nuevos rituales de la vida cotidiana, sino también nuevas fuentes de identidad y de sentido de pertenencia, para complementar los lazos familiares y geográficos tradicionales que se encontraban en proceso de desintegración.

A medida que Tokio se recuperaba de la destrucción de la guerra a mediados del siglo XX, muchas personas encontraban este sentido en la búsqueda nacional compartida de la riqueza y en los objetos de la modernidad—representados más notablemente por los “tres elementos sagrados”: el refrigerador, el televisor y la lavadora. Una cultura que valoraba el trabajo duro y el sacrificio, también valoraba los rituales de legiones de asalariados que sufrían viajes diarios al trabajo en trenes inhumanamente atestados para pasar largas horas en trabajos monótonos. Mientras tanto, la ciudad físicamente se derramó hacia el exterior, a través de la llanura circundante, cubriendo los campos de arroz y las laderas con nuevas subdivisiones para una clase media que se esforzaba; y hacia arriba, cuando autopistas cubrieron los ríos, y barrios locales dieron paso a fachadas de oficinas sin rasgos, lo que ocasionó que todos los lugares tuvieran el mismo aspecto. En la era del alto crecimiento, hacerse rico era el objetivo, tanto para los individuos que anhelaban ir más allá de la privación de la derrota, como para una sociedad obsesionada con alcanzar a Occidente. La vida estaba mejorando tan rápidamente que los individuos y la sociedad tuvieron poco tiempo para preocuparse de que el proceso de crecimiento estuviera borrando gran parte de la historia de la ciudad y sus rituales. En todo caso, la homogeneización fue algo que agradecer, ya que significaba prosperidad compartida.

Sin embargo, a principios de 1970, mientras la sociedad salía de la olla a presión de la sociedad de alto crecimiento, los individuos ya no se contentaban con ser sólo los trabajadores intercambiables y consumidores pasivos de la cultura y de los mismos bienes producidos en masa, como los de sus vecinos. Un nuevo anhelo por un sentido de propósito dentro del individualismo comenzó a expresarse en los rituales y en la forma urbana de la ciudad.

Como fue documentado por el sociólogo Shunya Yoshimi en su libro Dramaturgy in the City: A Social History of Popular Entertainments in Tokyo [Dramaturgia en la ciudad: Una historia social de entretenimientos populares en Tokio], un urbanista emprendedor se aprovechó del cambio cultural hacia las sensibilidades más individualistas, y se dedicó a transformar el área alrededor de la concurrida Estación de Shibuya en un escenario participativo para la actuación de diversas subculturas del consumo y de la moda. Este esfuerzo tomó varias formas: la segmentación de tiendas en diversas y distintas sensibilidades, la designación de las diferentes calles y áreas con nombres que indicaban estilo y refinamiento, y la integración del espacio urbano con medios y mercadotecnia cada vez más sofisticados. Las decenas de revistas de estilo de vida se convirtieron en “guiones” que guiaban a “actores” individuales en sus diferentes papeles, mientras que “actuaban” la ciudad. Para los habitantes recién prósperos de la ciudad, el consumismo se convirtió en una potente fuente de propósito significativo y un medio de expresar la identidad individual, y para la propia ciudad, se convirtió en la sangre vital del espacio urbano que carecería de propósito significativo sin la renovación constante del consumo ritual.

Hoy en día Shibuya sigue siendo un bullicioso centro de compras y entretenimiento y los urbanistas siguen generando escenarios cada vez más refinados para el desempeño de la cultura de consumo. Pero, veinte años de estancamiento económico han dejado su huella en la juventud de Japón, para quien el consumismo no resulta tan atractivo como lo era para las generaciones anteriores.2 De hecho, parece posible que la expresión individual y las subculturas que florecieron en Shibuya fueran tal vez sólo una estación intermedia en la desmaterialización de la idea de la felicidad. Durante el período de alto crecimiento económico, la buena vida trataba completamente de la consecución de los objetos de la comodidad material. Más tarde, los jóvenes de Shibuya descubrieron que la prosperidad podría permitirles comprar la identidad más inmaterial y la autoexpresión. No hay duda de que estos deseos siguen siendo poderosas fuerzas en la cultura de hoy. Pero, hay una sensación de que están disminuyendo a medida que más gente ve la llegada de la madurez demográfica y económica de Japón como una oportunidad para construir una sociedad centrada más bien en la comunidad, en la creatividad y en los estilos de vida menos competitivos.

Zoshigaya in Tokyo

Lejos de los grupos de grúas en zonas de reurbanización de Tokio, zonas de la ciudad de post-crecimiento están empezando a mostrar esta sensibilidad. A menudo visito el barrio de Zoshigaya, donde me gusta sentarme en el recinto de un templo tranquilo y escuchar el susurro de las hojas de un enorme árbol de Ginko. El propietario de una cafetería tranquila en una renovada casa de madera de dos pisos me dice que los residentes llaman al barrio “Zoshigaya Village”. “Este es el campo de Tokio”, añade, “nunca se imaginaría que esté a tan sólo unos minutos de la calle de Ikebukuro”, una de las estaciones de tren más concurridas en el mundo. Efectivamente, el último de los tranvías de la pre-guerra de Tokio todavía retumba por fuera, y en un terreno baldío al lado de los carriles, la comunidad creó un pequeño huerto y erigió un pequeño espacio de descanso en una cabaña de madera, con una rueda de agua girando lentamente. En una ciudad en que decían que su tierra valía más que todos los Estados Unidos durante el frenesí de desarrollo de la burbuja de 1980, la deflación ha llevado a la economía de vuelta a la tierra, donde hay una vez más, espacio para que las personas puedan crear lugares locales.

Kengo Kuma, un arquitecto cuyo trabajo ha sido elogiado como una expresión moderna de la estética tradicional japonesa del localismo y sencillez,3 ha escrito que el futuro de Tokio se encuentra en tejer juntos un mosaico de “pueblos” o “lugares donde las personas puedan vivir con seguridad dentro de una comunidad, con una variedad de opciones y estilos de vida”. Él usa la palabra fermentación para describir el proceso por el cual estos “pueblos” emergen—lo que sugiere que hay que darles tiempo y espacio para evolucionar orgánicamente. En la mayoría de los casos, el crecimiento y el desarrollo urbanos absorbían dichas comunidades locales, pero, como un globo que va perdiendo poco a poco el aire, el entorno urbano se va poniendo cada vez más arrugado y van resurgiendo espacios para la fermentación de nuevas aldeas.

La gente que he conocido en los últimos meses está aprovechándose de forma creativa de los edificios vacíos y subutilizados para crear casas de huéspedes, cafés, estudios de arte, casas para compartir, espacios de exposición, tiendas y restaurantes nuevos de la comunidad. Una organización está reformando decenas de apartamentos viejos en un suburbio de Tokio para crear una aldea entera de artistas, con varios eventos comunitarios y otros programas.

Photo of Sharehouse in Tokyo

El auge de este tipo de esfuerzos en Tokio sugiere una nueva serie de rituales para la ciudad del post-crecimiento, que hace hincapié en una noción reconstruida de la ciudad como local, específica, y animada por algo más sustancial que la mera interacción con el mercado o el consumismo.

Una manifestación de esta nueva cultura es la casa compartida donde vivo con otras siete personas en el centro de Tokio. Casas como la mía han estado apareciendo en todo Tokio y Japón en los últimos cinco o seis años, a medida que las personas adoptan un conjunto de valores culturales centrados en la comunidad y en la felicidad individual, y no en la riqueza material. Encontré mi casa mediante la comunicación de boca en boca, pero ahora uno puede utilizar sitios web especiales para buscar en cientos de anuncios únicos, incluyendo algunos diseñados para madres solteras y sus hijos, oviviendas multi-generacionales de colaboración. Aunque pago menos de una cuarta parte del precio que pagaría por un apartamento apretado en nuestra ubicación privilegiada, la atracción de tal arreglo de alojamiento va más allá de la mera frugalidad. Al elegir a los nuevos residentes, mantenemos intencionalmente una diversidad de carreras (desde escritor independiente a activista político), de estilos de vida (desde vagabundo bohemio a asalariado ocupado) y de edades (de 19 a 60 en la actualidad). La casa es también un espacio semi-público que está constantemente animado por los no residentes que realizan sesiones de yoga y reuniones en nuestra sala de estar grande (una rareza en Tokio), y por conocidos itinerantes que se alojan sin pagar renta cuando pasan por Tokio.

El abierto código ético compartido de la casa compartida fue descrito en un libro de 2012 como sumibiraki, literalmente “estar abierto”, un estilo de vida que según los autores, creaba “una comunidad no arraigada en las relaciones monetarias, facilitando así una tercera conexión flexible más allá de las relaciones familiares, geográficas, o profesionales”. Vivir se convierte en un acto de placemaking (planeación o hacer espacios), en el que la interacción entre residentes y forasteros engendra simultáneamente una cultura de apertura y de intimidad. En los últimos seis meses, he conocido a miembros de otra media docena de casas compartidas en toda la ciudad que forman una red flexible de espacios que operan de acuerdo con semejante código ético. Tal vez algo simbólico de estos valores, es que nuestra puerta nunca está cerrada, y yo ni siquiera tengo una llave.

Mientras la textura arrugada de la ciudad del post-crecimiento aporta un ambiente propicio para la fermentación de una cultura arraigada en el des-consumismo (anti-consumismo) y el comunalismo, la necesidad perpetua del capitalismo para encontrar beneficio, requiere la racionalización constante y la reurbanización del espacio urbano 4—muchas veces estropeando los rituales de lugares locales en el proceso. Shimokitazawa, el barrio de moda donde me encontré con el libro de Sata, es un ejemplo por excelencia de los tipos de comunidades aldeanas orgánicas que Kuma argumenta son el alma de la ciudad post-crecimiento. A pesar de la vehemente oposición de algunos residentes y clientes del barrio, el gobierno local está implementando un plan de desarrollo que incluye el soterramiento de una de las líneas ferroviarias entrecruzadas, la construcción de una carretera general a través del centro de la comunidad y la construcción de altos edificios de apartamentos alrededor de la estación. Los opositores argumentaron que el plan de carreteras fue redactado originalmente en la década de 1960, cuando Tokio estuvo a punto de reventar por el crecimiento de su población, y pocos creen que la capacidad de la vía adicional sea necesaria en la ciudad del post-crecimiento, pero en muchos casos las políticas públicas y el motivo de beneficio privado, todavía se alinean para apagar tal fermentación.

Del mismo modo, muchos arquitectos y ciudadanos expresaron su descontento hacia el gobierno a principios de este año sobre los planes para demoler el viejo estadio nacional para dar paso a una enorme nueva estructura de $2 mil millones que se asemeja a una nave espacial para los Juegos Olímpicos de 2020. Debido a que el estadio ocupa un sitio tranquilo en uno de los pocos espacios verdes públicos de Tokio, los críticos han sostenido que de ser elevado sobre el parque, apenas sería utilizado una vez concluidos los juegos, mientras que el estadio viejo y más abierto era frecuentemente utilizado por los ciudadanos. La disputa sobre el estadio reveló una diferencia de opinión sobre cuestiones más profundas que la sencilla estética arquitectónica. Muchos cuestionan si los mega-eventos todavía deben ser vistos como un signo de la grandeza nacional.

¿Cuánto tiempo puede el sistema seguir funcionando de acuerdo con los valores ideados en una era de rápido crecimiento? Los Juegos Olímpicos están posicionándose como un símbolo de los esfuerzos del gobierno para rejuvenecer la economía deflacionaria de Japón y su confianza nacional, pero muchos de los proyectos de desarrollo que han engendrado parecen fuera de sincronización con la madurez de la ciudad. En cualquier caso, la transición a una nueva sociedad del post-crecimiento vendrá tarde o temprano. Si los habitantes de esta ciudad se aprovechan de la transición como una oportunidad para reimaginar los rituales sociales y el espacio urbano para construir un mosaico de comunidades locales, puede que el capítulo más interesante de Tokio apenas esté empezando—y tal vez, mi mapa de la ciudad va a terminar tan rico como el de Sata.


Actualmente Sam Holden es un estudiante posgrado de los estudios urbanos en la Universidad de Tokyo. Un nativo de Denver, Colorado, estudió las relaciones internacionales y los estudios asiáticos en Pomona College. Escribe de vez en cuando sobre su vida y sus ideas en Medium (https://medium.com/@samjapn) y se encuentra en Twitter a la dirección @samjapn.


 

  1. Marc Augé identificó esta condición del capitalismo tardío como la invasión del mundo por los “no lugares”, y él argumentó que este fenómeno resulta en una profunda alteración de la conciencia y en la limitación de la vida social orgánica. Véase, por ejemplo, Marc Augé, Non-Places: An Introduction to Supermodernity (Los no lugares: Una introducción a la sobremodernidad) (Nueva York: Verso, 2009).
  2. Roland Kelts, “The Satori Generation,” (“La generación satori”), Adbusters, 7 de mayo de 2014,https://www.adbusters.org/magazine/113/satori-generation.html 
  3. Roger Pulvers, “Architect Kuma Kengo: ‘a product of place’,” (“Arquitecto Kuma Kengo: ‘un producto de lugar'”) The Asia Pacific Journal (La Revista Asia-Pacífico), 11 (2014), http://japanfocus.org/-Roger-Pulvers/4141.
  4. Véase David Harvey, “The Right to the City” (“El Derecho a la Ciudad,”) New Left Review (La revista de la nueva izquierda) 53 (2008), http://newleftreview.org/II/53/david-harvey-the-right-to-the-city.

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