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Ir más allá de la lengua de utilidad económica

(Traducido por Daniel M. Dayley, con Soledad Mora Vasquez y Priscila Garcia.)

En una tarde de primavera en el sur de California, con demasiado trabajo escolar y un reloj poco cooperador agotando el calor del día, miré fuera de mi ventana y encontré el cielo teñido con los colores de una puesta de sol. Cautivado por su belleza y magia, me preguntaba si debería tomar un descanso de escribir mi tesis de grado para mirarla. Mientras que el cielo cambiaba de color amarillo-anaranjado a rojizo-rosa, mis pensamientos se dirigían a un análisis de costo-beneficio: “¿Vale la pena ir afuera y observar? Un descanso interrumpiría mi progreso en este momento. Por otro lado, refrescarme podría aumentar mi productividad durante la siguiente media hora antes de la cena “. Para entonces, por supuesto, el cielo se había desvanecido en color morado oscuro, el sol deslizándose sobre el horizonte.

Como estudiante universitario con exceso de trabajo, la evaluación de las acciones en términos de productividad era común. Incluso ahora, varios años después de que La Microeconomía ofreciese inicialmente un potente lenguaje para describir la toma de decisiones humanas, la utilidad marginal sigue siendo una forma conveniente, hasta incluso un poco forzada, para entender mis decisiones cotidianas. De hecho, desde su creación, el campo de la economía le ha ofrecido a la sociedad métodos cada vez más técnicos para analizar los costos y beneficios de los cursos de acción individuales y colectivos. Tan venerado es el estudio de la economía en la sociedad moderna que la lente de la disciplina, para ver y entender el mundo, prolifera mucho más allá del ámbito de los negocios o de la propia economía. Sin embargo, esta reverencia viene “a costa” de una experiencia más rica de nuestro mundo y de un sentido más profundo de nuestra relación con él.

El problema no es sólo que de vez en cuando utilizamos la lógica económica para informar las decisiones tales como si se debe ver la puesta de sol, sino también que tal lógica constriñe nuestro discurso público. Para ser vistos como legítimos, los argumentos a favor o en contra de temas controvertidos deben incorporar el razonamiento económico. Si bien es útil, el predominio de la lógica económica obstaculiza en última instancia nuestra capacidad para considerar cuestiones importantes desde perspectivas éticas, emocionales y espirituales que podrían proporcionar puntos de referencia alternativos y ampliar el alcance de la conversación.

El discurso público sobre temas ambientales sufre especialmente de esta forma de pensar; el debate sobre la fracturación hidráulica, o “fracking”, es un buen ejemplo. Los argumentos a favor del fracking para extraer gas natural de depósitos de esquisto se basan, como era de esperar, en el razonamiento de la economía política: la extracción de gas de esquisto nacional estadounidense apoya la independencia energética de EEUU, lo que crea puestos de trabajo en el país, aumenta los ingresos fiscales de la producción de energía, y reduce nuestra dependencia energética del exterior. Para reforzar estos argumentos económicos con un semblante de preocupación ambiental, los defensores del fracking señalan que el gas natural es “más limpio” que el petróleo o el carbón, y que emite menos dióxido de carbono a la atmósfera por unidad de energía quemada.

“Es verdad”, el ambientalista podría responder, “pero, el gas natural es aún más sucio que las formas existentes de energía renovable”.1 Incluso esta réplica es problemática, según el filósofo y activista Charles Eisenstein: “Enfocarse en las emisiones de gases de efecto invernadero hace hincapié en lo cuantificable, al mismo tiempo que hace que lo cualitativo sea … invisible,” escribe. “El ecologismo se reduce a un juego de números,” en lugar de una expresión de profunda conexión emocional con la tierra.2 No importa lo terrible que sea la realidad que reflejan, los puntos de datos climáticos se han demostrado consistentemente insuficientes como para producir cambios significativos en el sentimiento y el comportamiento humanos.

La ubicuidad de lo “cuantificable” se refleja en el enfoque en las externalidades económicas de la industria por parte de los opositores del fracking. Destacando los efectos nocivos del fracking en la disponibilidad de agua, en la calidad de agua y aire, y en la actividad sísmica, los opositores argumentan que los costos sociales y ambientales externalizados de la extracción de gas de esquisto son demasiado grandes como para justificar su continuación.

Estos son puntos válidos que deberían examinarse cuidadosamente antes de que se perforen pozos nuevos, en lugar de ser ignorados sospechosamente como lo ha hecho la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés).3 Sin embargo, todos ellos llevan consigo una presuposición implícita: si el fracturamiento hidráulico pudiera ser diseñado para evitar cualquier riesgo de contaminación de aire y agua, para minimizar el consumo de agua (por ejemplo, mediante el reciclaje de agua de fracturamiento), y para contener la actividad sísmica a las zonas remotas, a continuación, los opositores ambientalistas debieran aceptar el continuo crecimiento del mercado de gas de esquisto. En otras palabras, la validez de los argumentos de los opositores depende de los daños ambientales mensurables a corto plazo que pueden o no pueden ser una consecuencia necesaria del fracking.

Que el debate sobre el fracking gire alrededor de los beneficios económicos frente a los riesgos ambientales (es decir, las externalidades)—ambos de los cuales caen dentro del ámbito estrecho del razonamiento económico—es indicativo de los tipos de argumentos que la sociedad tecnocrática moderna legitima. Los argumentos a favor de la protección del medio ambiente, tales como los enunciados anteriormente, señala Eisenstein, “son problemáticos porque afirman el mismo supuesto que debemos cuestionar, el supuesto de que las decisiones en general deben realizarse de acuerdo con los cálculos económicos”.4 Liberándonos de esta restricción, podríamos cuestionar las culturas del crecimiento económico, de la extracción de recursos y de la explotación que el fracturamiento hidráulico encarna y perpetúa. Ahora que no estamos constreñidos por los estudios empíricos sobre el peligro de contaminación del agua de fracturamiento, podemos en cambio razonar que, independientemente de las consideraciones económicas y ambientales cuantitativas, la fracturación hidráulica está equivocada en principio porque viola la sacralidad de la tierra.

Lo que significa ver la naturaleza como algo sagrado—o mantener una actitud sagrada, como algunas tradiciones espirituales lo describen—no se define fácilmente, y lo sagrado en sí tiene muchas cualidades. Una cualidad expresada por los ecologistas profundos es el valor innato del bienestar y el florecimiento de todo el mundo—humano y no-humano—”independiente de la utilidad del mundo no humano para fines humanos”.5 La Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra 6 y una serie de declaraciones de interdependencia 7 ponen de relieve la interdependencia de los seres vivos y la vitalidad o la calidad viva de las entidades consideradas muy pocas veces como organismos vivos—rocas, montañas, océanos, ecosistemas—como cualidades fundamentales del carácter sagrado de la tierra. La perspectiva sagrada promovida en estos documentos es de profundo respeto por el mundo natural como “precioso” y “maravilloso”.8

Estas palabras sugieren un fuerte sentimiento que subyace en el intelecto de estas teorías. Desde el punto de vista de la experiencia, la perspectiva sagrada connota un “sentido de maravilla y el aprecio por la belleza de la tierra”, lo que provoca en uno “un sentimiento profundo hacia nuestro entorno físico”.9 Desde tal apreciación viene la gratitud por el sustento de la tierra, 10 por las “dotaciones otorgadas a nosotros” por la naturaleza.11 Lo que es esencial en esta progresión parece ser un intercambio de invitación y regalo: al abrirnos a experimentar la maravilla del mundo natural, acogemos con agrado la comunicación con ese mundo y así recibimos “gnosis, una ciencia carnal prolífica, no un conocimiento intelectual”.12 En este sentido, la experiencia de lo sagrado puede ser el fruto nacido del cultivo de una relación.

Las filosofías de la ecología profunda y el ecofeminismo se basan en esta intuición más profunda, o sabiduría, y sus argumentos a favor de la preciosa calidad viviente de la tierra y la interdependencia de la vida en esta, ofrecen una perspectiva muy necesaria. A veces, sin embargo, también corren el riesgo de sucumbir a la misma lengua utilitaria que denuncian.13 En última instancia, una comprensión completa de lo sagrado de la tierra debe surgir de la experiencia sentida, la cual desafía la encapsulación por la mente racional. Aunque una perfecta comprensión exhaustiva de lo sagrado elude la palabra escrita, los indicios citados aquí ilustran el marcado contraste con la experiencia de la racionalidad económica, la cual, como en el ejemplo de la puesta de sol, sirve para constreñir nuestro “sentido de maravilla” del mundo. Esta afirmación no tendría mucha sustentación en el debate entre los políticos de la corriente principal, en particular los de los países económicamente ricos. Pese a ello, desde una perspectiva más amplia de lo que los cálculos económicos y factores de riesgo científicos permiten, la crítica de que el fracking viola la sacralidad fundamental de la tierra es tal vez la objeción más fuerte a la práctica.

De hecho, el nombre técnico completo “fracturación hidráulica” parece traicionar su violación de lo sagrado: inyectamos mezclas químicas tóxicas a alta presión de forma profunda en el suelo para “fracturar” la roca subyacente y liberar el gas natural. La semejanza visual de las fisuras en el esquisto con una fractura ósea es notable. A diferencia de otras formas de producción que trabajan con la maleabilidad natural del mundo fenoménico (el arar de la tierra, por ejemplo), el fracking encarna la maquinaria de extracción de la civilización moderna que literalmente rompe la tierra en su intento de dominar y controlar la naturaleza. Que la fracturación hidráulica involucre inherentemente características de dominación y control indica una violación fundamental de lo sagrado y una conexión a los sistemas de patriarcado. Las objeciones al fracking por estos motivos son en última instancia más poderosas que las objeciones que se basan únicamente en la lista de los riesgos ambientales, los cuales, en el mejor de los casos, son factores condicionales que dependen de las variables en el proceso de fracturamiento hidráulico. La primera es una crítica basada en principios, mientras que la segunda cuestiona únicamente la metodología 14; aquella reconoce y afirma nuestra interconexión con la tierra, mientras que la última mantiene la ilusión de la separación.

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Y sin embargo, tales argumentos no entran en el debate. Una de las dificultades para incluir la perspectiva sagrada en las discusiones sobre las prácticas industriales como la fracturación hidráulica es que lo sagrado no se puede articular intelectualmente de la misma manera de que sí se puede la utilidad económica. Debe haber una conexión emocional sentida con la tierra, lo que es problemático en una cultura científica que deslegitima la sabiduría de la experiencia subjetiva. “El sentido de la naturaleza como algo sagrado”, sin embargo, apoya “los sentimientos de cariño y cercanía al medio ambiente”, un motivador más poderoso para cultivar una relación sana con la tierra y con los demás que los meros números de la ciencia del medio ambiente.15

Se podría argumentar que, a los opositores del fracking que recurren a las externalidades económicas como la contaminación del agua, sí les importan profundamente los efectos nocivos de la industria, y simplemente utilizan áridas estadísticas empíricas para hacer sus argumentos dentro de un sistema hostil a otros modos de razonamiento. Dentro de este marco de pensamiento, los ductos más seguros de los pozos resolverían el problema. La dificultad, sin embargo, es que tales argumentos son superficiales y antropocéntricos; los ductos más seguros podrían reducir el riesgo de contaminación del agua para el consumo humano. Pero, esta lente puramente económica ofusca los efectos más profundos e invisibles de una cultura de dominación y extracción de recursos sobre la psique humana y sobre la tierra misma.

Si bien la economía convencional proporciona una lente útil para el debate, hay que reconocer sus limitaciones y explorar otros métodos para la evaluación de las preguntas difíciles de nuestro tiempo. Un razonamiento económico cuantitativo no puede ser la única forma de análisis legítimo, para que no sucumbamos a la observación de Max Weber en La ciencia como vocación: “El destino de nuestra época se caracteriza por la racionalización y por la intelectualización y, sobre todo, por el ‘desencanto del mundo.'”16 Tal vez en el redescubrimiento de lo sagrado del mundo fenoménico—al saborear una puesta de sol con asombro y gratitud—podemos reavivar el encanto que los análisis excesivamente técnicos han oscurecido.


Gabe Dayley es co-fundador y editor de la revista The Arrow. Él está persiguiendo los estudios de posgrado en la paz internacional y la resolución de conflictos en la Escuela de Servicio Internacional (School of International Service, SIS), American University en Washington, D.C.


 

  1. De hecho, la “verdad” de la afirmación de que el gas natural es un combustible más limpio es altamente sospechosa. El gas natural se quema de manera más limpia que el petróleo o el carbón, emitiendo un 30% menos de CO2 que el petróleo combustible, y un 45% menos de CO2 que la producción de electricidad de Estados Unidos producida de diversos combustibles fósiles (http://www.natfuel.com/natural_gas_environment.aspx). Sin embargo, un controvertido estudio de 2011 en la Universidad de Cornell argumentó que el gas natural tiene mucho peores resultados en términos de limpieza cuando se contabilicen las emisiones de metano no intencionadas, producidas de los pozos de fracking (http://www.eeb.cornell.edu/howarth/web/Marcellus.html). El metano es un gas de efecto invernadero veinte veces más poderoso que el dióxido de carbono (http://epa.gov/climatechange/ghgemissions/gases/ch4.html).
  2. Charles Eisenstein, The More Beautiful World Our Hearts Know Is Possible (El mundo más hermoso que nuestros corazones saben que es posible) (Berkeley: North Atlantic Books, 2013), 48
  3. Véase: Mark Drajem, “Pennsylvania Residents Ask EPA to Reopen Fracking Probe,” (“Los residentes de Pennsylvania piden que el EPA reabra la investigación del fracking,”) Bloomberg, 13 de Agosto de 2013, http://www.bloomberg.com/news/2013-08-13/pennsylvania-residents-ask-epa-to-reopen-fracking-probe.html; “La EPA detuvo el caso ‘fracking’ después de que la compañía de gas protestó:” USA Today, 16 de enero de 2013, http://www.usatoday.com/story/news/nation/2013/01/16/epa-gas-company-protested/1839857/; y Abrahm Lustgarten, “El estudio abandonado de la EPA del fracking en Wyoming es un retiro de muchos,” ProPublica, 3 de julio de 2013, http://www.propublica.org/article/epas-abandoned-wyoming-fracking-study-one-retreat-of-many.
  4. Eisenstein, The More Beautiful World Our Hearts Know Is Possible (El mundo más hermoso que nuestros corazones saben que es posible), 23.
  5. Robert Sessions, “Deep Ecology versus Ecofeminism: Healthy Differences or Incompatible Philosophies?” (“Ecología profunda versus ecofeminismo: ¿Diferencias saludables o filosofías incompatibles ?”), Hipatia 6, no.1 (1991): 91.
  6. “Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra”, Conferencia de la Gente del Mundo sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, Cochabamba, Bolivia, el 22 de abril del 2010, la Alianza Global para los Derechos de la Naturaleza, http://therightsofnature.org/universal-declaration/.
  7. Véase, por ejemplo,“The Declaration of Interdependence,” (“La Declaración de Interdependencia”), The New Founding Family (La nueva familia fundadora), http://thefoundingfamily.com/declaration-interdependence/; y “The Declaration of Interdependence,” (“Declaración de Interdependencia”), Fundación David Suzuki, http://www.davidsuzuki.org/about/declaration/
  8. “The Declaration of Interdependence,” (“La Declaración de Interdependencia,”) The New Founding Family (La nueva familia fundadora), http://thefoundingfamily.com/declaration-interdependence/
  9. El Karmapa, Ogyen Trinley Dorje, The Heart is Noble: Changing the World from the Inside Out (El corazón es noble: Cambiando el mundo desde el interior hacia afuera), (Boston: Shambhala Publications, Inc., 2013), 88.
  10. El Karmapa, The Heart is Noble (El corazón es noble), 88.
  11. Lewis Hyde, The Gift: Creativity and the Artist in the Modern World (El regalo: La creatividad y el artista en el mundo moderno), (Nueva York: Vintage Books, 2007), 49.
  12. Hyde, The Gift (El regalo), 226.
  13. Las ecofeministas hacen esa crítica precisa de la ecología profunda. Ver Sessions, “Deep Ecology versus Ecofeminism” (“Ecología profunda versus ecofeminismo”), 96.
  14. Por ejemplo, un artículo del Wall Street Journal de 2012 señaló: “Un número cada vez mayor de expertos académicos, ambientales y de la industria dicen que si bien la perforación puede causar la contaminación del agua, ésta se puede evitar mediante el uso apropiado de las juntas de cemento y otras medidas de seguridad. “(Daniel Gilbert y Russell Gold, “EPA Backpedals on Fracking Contamination, (“La EPA se retracta sobre la Contaminación del Fracking”), Wall Street Journal, 1 de abril del 2012, http://online.wsj.com/news/articles/SB10001424052702303404704577313741463447670.)
  15. El Karmapa, The Heart is Noble (El corazón es noble), 91.
  16. De H.H. Gerth y C. Wright Mills (Traducido y editado), From Max Weber: Essays in Sociology (De Max Weber: Ensayos de sociología), pp.129-156, Nueva York: Oxford University Press, 1946.

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