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Rebasar a toda velocidad un mundo que se aleja en la distancia

(Traducido por Daniel M. Dayley)

En junio pasado, durante un viaje de investigación de tres días por todas las zonas rurales de la Prefectura de Yamanashi, un amigo y yo fuimos a un pueblo llamado Hayakawa, enclavado en las montañas a 100 kilómetros al oeste de Tokio. Hayakawa, uno de los municipios menos densamente poblados de Japón, es el hogar de menos de 1.000 personas repartidas en 400 kilómetros cuadrados (150 millas cuadradas) a los pies de los picos nevados de los Alpes del Sur, la cordillera más alta del país y una de sus pocas tierras salvajes verdaderas completamente desprovista de carreteras y asentamientos humanos.

Durante los últimos dos años, mi investigación sobre las culturas post-crecimiento y la despoblación me ha llevado a más de un centenar de lugares en todo Japón. Añadí Hayakawa a mi itinerario después de leer sobre un asentamiento aquí llamado Mogura, el cual era cariñosamente apodado “Machu Picchu” en el mapa que recogí en la oficina municipal.

Después de una hora de viajar río arriba por un sereno valle, nos desviamos de la carretera principal y durante veinte minutos avanzamos lentamente en nuestro coche hacia arriba por un camino en zigzag que se desmoronaba y que estaba envuelto en hojas y moteado con la luz del sol que corría a través del dosel forestal. Al final salimos a un claro soleado, hogar de unas pocas docenas de casas y un santuario sintoísta orientado con vistas sobre el valle.

Al menos desde el siglo 15 este conjunto apiñado de casas ha ocupado esta pendiente situada a varios cientos de metros por encima del fondo del valle. En 1968, Mogura fue aún hogar de 67 familias que se ganaban la vida con la silvicultura y la minería, pero el crecimiento económico de la posguerra provocó que los jóvenes acudieran a las ciudades, y en la actualidad, sólo unos 20 hogares aún siguen siendo ocupados por los residentes de edad avanzada. Puesto que la escuela primaria más cercana está a unos cinco kilómetros de distancia y a unos 500 metros por debajo del nivel del asentamiento, no hay ningún niño que haya nacido en la comunidad desde 1979.

Mientras mi amigo y yo caminábamos por los pasadizos estrechos entre las casas en decadencia, me acostumbré a la quietud y la tranquilidad inusuales. Unos pocos residentes nos miraban por sus ventanas desde el interior de la casa. Mientras estábamos de pie sobre una cresta de una colina por encima del asentamiento, el único sonido que podíamos oír era el de una mujer mayor que hablaba sin hacer nada, tal vez inmiscuida en una conversación con el mundo natural, a medida que atendía un área de nabos más abajo en la pendiente. La escena parecía una alegoría apropiada, con las palabras de ella disipándose en los pliegues de las montañas que pronto se tragarán medio milenio de historia humana y devolverán este pueblo al estado salvaje.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAComo miles de otros pueblos, Mogura está al borde de la despoblación humana y del regreso al estado salvaje que está extendiéndose a lo largo de Japón; pero la civilización no está retirándose completamente de estas colinas. En diciembre en Hayakawa, comenzó la construcción de uno de los túneles ferroviarios más profundos jamás construidos, el cual estará situado 1.400 metros por debajo de los picos de los Alpes. Si se completa en 2027, formará parte de la primera etapa, con un costo de $50 mil millones, de un tren de alta velocidad de levitación magnética, conocido como el Linear Motor Car (el motor linear para un coche), o Maglev. Se espera que haga el viaje de los 286 km (178 millas) entre Tokio y Nagoya con una duración de sólo 40 minutos. Los planes prevén la extensión de la línea hasta Osaka para el año 2045.

Será la línea ferroviaria más rápida y más cara jamás construida, y ha sido llamada el “proyecto nacional más grande del siglo”. Los partidarios han hecho del tren un principio fundamental de la nueva estrategia de crecimiento de Japón, argumentando que va a dar lugar a una única megaciudad de 70 millones de personas y asegurar la posición de Japón en la vanguardia de la economía global y la innovación tecnológica. Los opositores dicen que es un despilfarro obsoleto e innecesario.

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Puede sonar como si hubiera llegado desde el futuro, pero el Maglev no es nada nuevo. A pesar de que la construcción sólo comenzó a toda marcha este año, el proyecto fue concebido originalmente hace medio siglo en la década de los sesenta, cuando el primer tren bala de Japón ganó el apodo de “el Sueño Super-Exprés”, y el país se ocupaba de las ciudades desbordantes, y no de los pueblos que iban a desaparecer. En aquel entonces, el crecimiento parecía no tener fin y su lógica de aceleración parecía evidente.

JapanMapHoy en día Japón es un lugar diferente. Después de un cuarto de siglo de crecimiento económico cercano a cero, el país está enfrentando un declive demográfico a largo plazo que va a ver la caída de la población de 128 millones en 2010 a menos de 100 millones antes de que el Maglev llegue a Osaka.

Hay muchas causas para el escepticismo, además del hecho de que nunca he oído a nadie quejarse de que el viaje actual de dos horas de Tokio-Osaka dure demasiado tiempo. Las proyecciones infladas de usuarios del transporte ignoraron convenientemente los impactos de una población que se reduce, mientras las evaluaciones ambientales pasaron por alto el hecho de que la excavación de túneles por debajo de los Alpes causará una destrucción ambiental sustancial y afectará las aguas subterráneas de algunas de las partes naturales más prístinas de Japón, además de atravesar una línea de falla activa y altamente peligrosa que se espera que experimente un terremoto masivo en las próximas décadas. Es más, pocos japoneses entienden que los trenes Maglev utilizan alrededor de tres veces más electricidad que los trenes bala convencionales, y que el sistema va a consumir el equivalente a la salida de tres a cinco reactores nucleares, a pesar del fuerte deseo público para reducir el consumo de energía y desmantelar los reactores.

Sin embargo, para los partidarios del Maglev la sed de energía no es de ninguna manera un demérito. Los opositores han advertido que el Maglev es un caballo de Troya para la energía nuclear: la demanda inducida ayudará a convencer al público japonés, aún escéptico cinco años después de la catástrofe de Fukushima, de que el reinicio de las plantas y la producción de más electricidad es necesaria para sostener la economía.

Al igual que el complejo militar-industrial estadounidense, los intereses institucionales imbricados entre las empresas japonesas de construcción, las empresas de energía, los conglomerados industriales y los políticos locales y nacionales perpetúan una lógica de inversión innecesaria en infraestructura, incluso ante la disminución de la población. El presidente de la compañía ferroviaria privatizada que construye la línea mantiene una estrecha relación con el Primer Ministro y con muchos líderes en las industrias de la electricidad y de la construcción, todos los cuales tienen un interés en que la economía siga creciendo.

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He recorrido todos los rincones de Japón por ferrocarril, así completando lentamente mi mapa mental del país con gran detalle. Lo que más me gusta de los trenes es la oportunidad de mirar fuera y contemplar el mundo mientras paso por él, absorbiendo el cambio gradual de la costa a la montaña y lo urbano a lo rural mientras el paisaje pasa por mi ventana y la marea de pasajeros sube y baja en las paradas intermedias. Cada dos lugares —incluso lugares tan dispares como Tokio y Mogura— están conectados por el paisaje.

Pero los trenes no fueron creados para el placer contemplativo del pasajero inactivo. Desde su invención, los trenes han representado la conquista del espacio, y el Maglev fue concebido como la última arma en la lucha de la modernidad para reinventar —o eliminar— el paisaje. El Maglev logra el desacoplamiento casi total entre el transporte y la geografía: Puesto que el 90% de la ruta se construirá en túneles, este artilugio vertiginoso no proporcionará casi ningún contexto o noción de espacio físico mientras transporta rápidamente a pasajeros bajo el campo evanescente antes de descargarlos en terminales nuevas muy por debajo de las megaciudades cada vez más homogéneas. No hay punto intermedio, sólo los destinos; ningún proceso, sólo los resultados; y en este sentido el efecto del Maglev en nuestra experiencia de la realidad puede ser más análogo a la comunicación instantánea de Internet que a un tren ordinario.

La historia desde la revolución industrial es una historia de aceleración. Vi un anuncio llamativo en un tren en Tokio en 2011 que ha quedado grabado en mi memoria desde entonces. La mitad inferior de la imagen viva e hiper-saturada mostró generaciones sucesivas de los trenes —desde la locomotora de vapor al tren eléctrico hasta el elegante tren bala Shinkansen— que aceleraban del horno rojo de la prehistoria hacia el cielo azul del progreso ilimitado. En la parte superior, la silueta primordial del Monte Fuji es seguida por un grupo de grúas de construcción y edificios icónicos —Tokio Tower (La torre Tokio – 1958), el Estadio Olímpico (1964), Roppongi Hills (Las colinas Roppongi – 2003), y el SkyTree (El cielo árbol – 2010)— que simbolizan el desarrollo de la posguerra de Japón hasta nuestros días.

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El anuncio capturó la ideología del crecimiento de posguerra en un párrafo elocuente:

HECHO EN EL SUEÑO
En aquel entonces, si Japón hiciera un cambio, el mundo entero cambiaría. Cuando comenzó el sueño super-expreso, nuestra época se aceleró junto con él.
‘Hecho en Japón’ tiene el poder de hacer de los sueños una realidad. Sin duda, hoy en día ese poder no se ha perdido. La única cosa que parece que hemos perdido es nuestra confianza. Si algo ha logrado, Japón ha madurado un poco como país. Hay cosas nuevas en las que hay que trabajar, tales como el medio ambiente y la cultura. Nada puede comenzar si nos quedamos de brazos cruzados. Vamos a hablar de nuevo con la cabeza en alto. Vamos a empezar a correr hacia un objetivo lejano.
Japón está a punto de ganar un nuevo sentido de velocidad y comodidad.
Vamos a hacer una realidad más de otro sueño.

Esta fe en constante movimiento no ofrece la oportunidad de disfrutar del paisaje y contemplar el presente. El Maglev ha sobrevivido a las preocupaciones sobre su dudosa utilidad, no sólo porque el complejo de la construcción industrial de Japón puede beneficiarse, sino también porque la idea de que “nada puede comenzar si nos quedamos de brazos cruzados” está atascada en nuestra conciencia colectiva. Como Hiraku Shimoda escribió, al reflexionar sobre el anuncio del 2011, “Aquí los trenes se hacen para expresar una poderosa fe en la tecnología, la persistente búsqueda del progreso material, el estado de la autoestima nacional de Japón a lo largo del continuo de la posguerra, y las ganas de seguir empujando a Japón hacia su destino histórico “.1

Pero después de siglos de crecimiento que han llevado a nuestro planeta al punto de ruptura, ¿hacia qué destino histórico está la humanidad todavía corriendo a 500 km/h? ¿Puede esta narrativa lineal de la historia como el triunfo del progreso tecnológico sobre la naturaleza sobrevivir a la ola de despoblación que está inundando a Mogura y ahora rompiendo contra las orillas de Tokio, o al desastre del calentamiento global que está desarrollándose poco a poco?

A medida que las tasas de natalidad caen en todo el mundo y que enfrentamos los límites de los ecosistemas globales, nos encontramos ante el final inevitable del crecimiento, incluso si no hay un plan maestro para una sociedad post-crecimiento sostenible. Este futuro ya ha llegado en Japón, sin embargo, los líderes de la nación todavía argumentan que el crecimiento es un requisito previo para la esperanza en el futuro y para detener la tendencia de la población en declive—si ese es el caso, entonces, de hecho, tenemos pocos motivos de esperanza. La promesa del Primer Ministro hace unos meses de impulsar el PIB a 600 billones de yenes para el 2020 —un veinte por ciento más que el monto de hoy— fue una fantasía tan infundada que incluso el líder del mayor grupo de presión comercial de Japón lo llamó “pura palabrería política”. En el período previo a los Juegos Olímpicos de 2020, puede que el Japón esté pasando por el último suspiro de esta política de crecimiento-sobre-todo.

Cuando empezamos a pensar en la contracción de la economía, en la despoblación y en el acto de regresar a la naturaleza no como problemas que hay que solucionar, sino como realidades a las que hemos de adaptarnos, nos encontramos ante la difícil pero necesaria tarea de reconsiderar todas nuestras suposiciones sobre el capitalismo y el progreso, comenzando con la creencia de que el crecimiento del PIB sigue siendo un indicador significativo del bienestar en los países ricos, y que la naturaleza es una cosa que debe ser conquistada y dominada. Tal vez sería mejor dejar de intentar crecer de manera impetuosa hacia un futuro lejano y, en su lugar, empezar a imaginar nuevas formas de vivir mejor con lo que ya tenemos.

Esto no quiere decir que las cosas deberían permanecer iguales. El reconocimiento de que la economía de mercado ya no puede crecer abriría la puerta a cambios mucho más radicales que la cansada doctrina del neoliberalismo—la reorganización de la economía en torno a los bienes sociales y medioambientales.

Este cambio de mentalidad abre una plétora de oportunidades para aprovechar la abundancia del mundo que nos rodea y para encontrar el alimento en las cosas, como la comunidad y la naturaleza, que nos hacen verdaderamente felices. Me inspiré en muchas personas imaginativas en la frontera post-crecimiento de Yamanashi, y me pasa lo mismo siempre que viajo por Japón: los jóvenes agricultores que me hospedaron en su colectivo y me enviaron a casa con una caja llena de verduras y vino de la zona; la mujer que se mudó fuera de Tokio y restauró una casa de campo de 100 años de edad, así convirtiéndola en una casa de huéspedes; los hermanos entusiastas de cuarta generación que operan una fábrica local de miso; y un joven activista que trabaja en la revitalización de la comunidad en una pequeña ciudad a los pies del monte Fuji.

Me sentí alentado tanto por las formas de vida tradicionales y perdurables como por los campos de paneles solares que proliferaban—recordatorios de que nuestro paradigma económico actual es solamente temporal, y que la adaptación al mundo, tal como lo encontramos, es posible.

Sobre todo, encontré la paz en el bosque profundo y eterno que rodea a Mogura, cuyo abrazo tranquilo parecía indicar que la naturaleza nos dará la bienvenida de vuelta de nuestros sueños de crecimiento a la abundancia del ahora siempre presente.


Actualmente Sam Holden es un estudiante posgrado de los estudios urbanos en la Universidad de Tokyo. Un nativo de Denver, Colorado, estudió las relaciones internacionales y los estudios asiáticos en Pomona College. Escribe de vez en cuando sobre su vida y sus ideas en Medium (https://medium.com/@samjapn) y se encuentra en Twitter a la dirección @samjapn.


Ilustración por Alicia Brown
Fotografía de ladera de montaña, callejuela y mapa de Japón por el autor

Fotografía de tren de alta velocidad de cortesía de Wikimedia Commons
Publicidad original de “Hecho en el suenño”: jreast-shinkansen.com


 

  1. Hiraku Shimoda, “‘The Super-Express of Our Dreams’ and Other Mythologies about Postwar Japan,” (“‘El super-express de nuestros sueños’ y otras mitologías sobre el Japón de la posguerra”) en Trains, Culture, and Mobility: Riding the Rails, (Los trenes, la cultura y la movilidad: viajar por tren) Eds. Benjamin Fraser & Steven D. Spalding, pág. 263-290 (Lanham, MD: Lexington Books, 2012), pág. 285.

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