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La práctica de ningún éxito

(Traducido por Daniel M. Dayley)

En el otoño de 2013, yo estaba al final de una época en mi vida como activista de los derechos humanos para Colombia, o eso es lo que pensaba. Después de haber dejado mi trabajo como directora del Programa de Confraternidad de Reconciliación (Fellowship of Reconciliation) de Colombia, me encontré caminando las concurridas y caóticas calles de Bogotá, reflexionando sobre todos los años en que había derramado mi energía en el movimiento de derechos humanos allí, preguntándome cómo cualquier activista sostendría suficiente motivación para continuar, y por qué, a pesar de sentir que las cosas no mejoraban en Colombia (o en el mundo para el caso), todavía estaba profundamente comprometida con la paz y la justicia social. ¿Era porque me sentía esperanzada? Si no era la esperanza que me impulsaba hacia adelante, ¿qué lo hacía? Ahora, desde mi escritorio en Oakland, California, todavía involucrada con el trabajo en Colombia, sigo luchando con estas preguntas.

En los días despreocupados de mi juventud, yo tenía la esperanza de sobra. ¡Tenía tanta esperanza que pensaba que podía cambiar el mundo! Fue sin duda esta fe la que me ayudó a crear un plan enrevesado para realizar una prolongada protesta frente a la Casa Blanca para poner fin a la ayuda militar estadounidense a Colombia. Pocos años después, la esperanza me llevó a dejar mi trabajo, vivir de mi cheque de desempleo y convertirme en una activista de tiempo completo. Ahora que tengo casi 40 años, la esperanza parece más difícil de conseguir. No estoy amargada, pero no siento la misma clase de idealismo que solía sentir cuando tenía dieciséis años. La esperanza ya no está impulsándome hacia adelante, pero tampoco me siento del todo sin esperanza.

Lo que exploro en este ensayo —como activista— es la navegación por la esperanza y la desesperanza: La esperanza puede incitar a una persona a actuar, pero mantener viva la esperanza en la rutina del día a día es una batalla cuesta arriba. La desesperanza y la desesperación a veces se nos pueden introducir sigilosamente. Nunca escucho a mis compañeros activistas decir, “Estamos tan próximos al punto del reacondicionamiento de todo el sistema capitalista y de la erradicación de todas las formas de opresión—simplemente no puedo esperar para celebrar!” Y aún así, si sabemos que podríamos no ver los frutos de nuestro trabajo en nuestra propia vida, ¿de dónde viene nuestra resistencia? ¿Por qué seguir adelante cuando cada día trae malas noticias y tan pocas señales de éxito?

Para algunos activistas, una práctica espiritual es una manera de evitar el estrés ocupacional crónico, de reponer energías y de renovar la inspiración. En mi caso, he meditado de vez en cuando. Soy apenas una budista consumada, pero nací en una comunidad budista, estaba impregnada de las enseñanzas desde una edad temprana, y he ayudado a dirigir un campamento de verano budista para los niños durante los últimos 15 años. En lugar de mantenerme esperanzada o sostener mi dedicación a este trabajo, mi práctica de la meditación me ha ayudado a desenroscar la mecánica del interminable sube y baja de la esperanza y la desesperación. El maestro budista shambhaliano Chögyam Trungpa lo describe de esta manera: “Tenemos la esperanza, viviendo en el futuro, de que las cosas puedan resultar bien. No experimentamos el presente, no enfrentamos el dolor o la neurosis tal como es. Por lo que la única forma viable sería desarrollar una actitud de desesperanza, algo más que una orientación futura. Merece la pena mirar el presente”.1

El campo de entrenamiento

Colombia —el país sudamericano de café, esmeraldas, la población más grande de aves del mundo, el conflicto interno de más larga duración en el hemisferio occidental, y un segundo hogar donde he conocido a muchas personas increíblemente cálidas y alegres— me ha enseñado un poco acerca de cómo navegar por la esperanza y la desesperanza como activista. Actualmente el país, por todas las cuentas oficiales, se encuentra en un momento muy esperanzador. La razón para esto es:

Uno de los principales comandantes del ejército guerrillero colombiano —hombre que ha estado viviendo sus días llevando ropa militar de fatiga y realizando una revolución desde las más grandes profundidades de la selva de Colombia, un hombre que no ha estado disfrutando de sus noches en un salón alfombrado viendo Netflix— ahora está hablando con la gente que él y su ejército estaban tratando de derrocar durante los últimos cincuenta años. El gobierno está representado por un abogado y político de 66 años de edad que era ex vicepresidente y antes de este cargo era juez del Tribunal Supremo. A él se une un exministro de Defensa y director de la Policía Nacional. Ellos son la crema de la cosecha de Colombia, viven sus días en la concurrida ciudad de Bogotá y hacen suceder la política desde oficinas con pisos muy bien pulidos. El gobierno de Colombia y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) iniciaron las conversaciones formales de paz en La Habana, Cuba, el 4 de septiembre de 2012, y durante los últimos tres años han continuado debatiendo, negociando y discutiendo los términos que pondrían fin a este conflicto de décadas.

Para señalar lo obvio, la mera posibilidad de la paz es esperanzadora. Los expertos y las personas cercanas a ambos lados dicen que se firmará un acuerdo en 2016. Ellos ya han acordado cuatro de los cinco puntos en su orden del día: la reforma agraria, la participación política, el comercio ilegal de drogas y la justicia de transición. De acuerdo con la Fundación Paz y Reconciliación, el número de actos de violencia señalados llevado a cabo por las FARC se redujo de 2.003 casos en el 2013 a 1.186 en el 20142 A pesar de que las FARC aparecen en la lista estadounidense de organizaciones terroristas extranjeras, la administración Obama ha respaldado las negociaciones y en diciembre de 2014, las FARC declararon un alto el fuego indefinido y unilateral—todos los cuales son signos esperanzadores.

La foto de la portada de una edición de septiembre de Semana, la mayor revista impresa de Colombia, muestra el abrazo que el presidente de Cuba, Raúl Castro, ofreció a Santos, el presidente de Colombia, de un lado y a Timochenko, el líder de mucho tiempo de las FARC, del otro. Todos ellos están simbólicamente llevando el color blanco, lo que da a entender que la paz está finalmente muy cerca.

Pero los escépticos argumentan que este no es para nada un momento adecuado para alegrarse. El futuro de Colombia podría igual y fácilmente resumirse como absolutamente desesperado:

En primer lugar, la guerra del país se ha alargado durante más de 50 años. Todos los demás procesos de negociación para poner fin al conflicto han fracasado miserablemente, incluyendo varios intentos oficiales y quién sabe cuántas tentativas no oficiales por parte del gobierno. El junio pasado fue el mes más violento desde que las conversaciones comenzaron en 2012. En 2014 un defensor de los derechos humanos fue asesinado cada siete días, en promedio.3 Entre enero y agosto de 2015, 69 defensores de los derechos humanos4 y 25 activistas del medio ambiente5 fueron asesinados, convirtiendo a Colombia en el segundo lugar más peligroso del mundo para defender el medio ambiente. Si bien las luchas de los derechos humanos y medioambientales a menudo se consideran falsamente como movimientos separados, en Colombia, las comunidades cuyos derechos son más a menudo violados viven en lugares con recursos valiosos que atraen los intereses de las empresas multinacionales. En muchos casos, estas comunidades han sido guardianes del medio ambiente de sus territorios durante generaciones, mientras viven de ellos de forma sostenible a medida que su subsistencia, sus tradiciones y sus propias comunidades son en gran parte definidas por la tierra y dependientes de la misma. Su desalojamiento forzado es tanto una violación de los derechos humanos como una amenaza para los delicados ecosistemas que les rodean y sostienen.6

La población civil de Colombia, específicamente las poblaciones indígenas, los afrocolombianos y los agricultores a pequeña escala, más que nadie, son asesinados, amenazados y obligados a abandonar sus hogares y tierras. De hecho, el 80% de las víctimas en el conflicto de Colombia han sido civiles.7 Ellos viven en las zonas que los grupos armados, el gobierno y las corporaciones multinacionales quieren controlar. La razón para el control de la tierra ha cambiado a lo largo de las décadas, pero en términos generales, aquellos que son dueños de, y que tienen el control de la tierra son aquellos que poseen y controlan la riqueza.8 Las empresas rentables han cambiado con los tiempos, desde la cría de ganado a la circulación de mercancías ilícitas (drogas y armas) y, más recientemente, la extracción industrial, a gran escala, de recursos (petróleo, oro y carbón). El gobierno considera la tierra como más rentable si, por ejemplo, las patatas y los plátanos que los campesinos cultivan tradicionalmente se sustituyen por millas de monocultivos de aceite de soja o palma. Este tipo de agroindustria permite que el gobierno de Colombia haga negocios en una economía global competitiva. En otras palabras, es el pueblo colombiano (los civiles) el que necesita ser desalojado para allanar el camino hacia el crecimiento económico.

Incluso después de que un acuerdo de paz se firme entre la guerrilla y el gobierno, todavía habrá personas con armas y dinero de sobra. Las drogas todavía serán compradas, vendidas y consumidas de manera ilegal en los Estados Unidos, por lo que el margen de beneficios será astronómico para quienes están involucrados en su tráfico. Y la guinda del pastel de la desesperanza es que una salida negociada del conflicto no significa la paz. El acuerdo entre las FARC y el gobierno no cambiará mágicamente la vida cotidiana de agricultores, afrocolombianos y comunidades indígenas, estudiantes, sindicalistas y mujeres. Estas comunidades, junto con los defensores de derechos humanos y organizaciones en la primera línea, seguirán haciendo frente a los intereses corporativos y al poder, a un gobierno que intenta expulsarlos de sus tierras tradicionales, a los traficantes de drogas y a las personas con armas de fuego que pueden ser pagadas para cumplir los mandatos de cualquiera.

El proceso actual para poner fin a más de 50 años de insurgencia guerrillera de las FARC ha sido bien acogido por muchos grupos de la sociedad civil como un paso positivo para el país. Y aún así, quedan muchos obstáculos, tanto para poner fin a los conflictos como para la creación de una sociedad diferente, una en la que se pueda construir la paz. Cabe señalar aquí tres obstáculos principales. En primer lugar, incluso después de que se desmovilicen 7.000 guerrilleros de las FARC, todavía habrá unos 2.500 miembros de la otra guerrilla principal (el ELN—Ejército de Liberación Nacional), así como alrededor de 5.000 miembros de paramilitares o bandas criminales. Estos últimos grupos son los sucesores de los paramilitares de los años 1990 y 2000, que también pasaron por un proceso de desmovilización entre 2003 y 2006. Algunas de las FARC desmovilizadas se rearmarán, sobre todo motivadas por el lucrativo tráfico de drogas. En segundo lugar, un fin formal de las hostilidades traerá más inversión nacional y extranjera, ya que las empresas multinacionales verán oportunidades en los sectores de carbón, oro, gasolina, y agroindustria, lo que va a desplazar a las comunidades rurales y va a causar la destrucción del medio ambiente. Por último, llevar la justicia a más de seis millones de víctimas es un gran desafío para cualquier gobierno, tanto en términos del presupuesto que se requiere como de la coordinación necesaria para su ejecución. En los últimos treinta años, ha habido 90.000 desapariciones, 95.000 homicidios, al menos 4.000 casos de violencia sexual, y más de 5,7 millones de personas desplazadas por la fuerza.9

Colombia, a punto de firmar un acuerdo de paz, se encuentra en un momento de esperanza en una situación desesperada. Lo mismo podría decirse sobre el cambio climático, el movimiento “las vidas negras importan” o cualquier otra cuestión que enfrenta nuestra familia humana. Sin duda la gente posee el ingenio para resolver el problema de un planeta recalentado, a pesar de que las estadísticas sugieren que hemos pasado el punto de no retorno. El levantamiento en Ferguson [estado de Missouri, EEUU] ha llevado el tema de la violencia estatal contra los hombres negros a un nuevo nivel en el diálogo nacional, desafiando abiertamente el sistema de la supremacía blanca; sin embargo, la supremacía blanca ha sobrevivido a la abolición de la esclavitud y a la revisión de las leyes de Jim Crow, ahora crudamente incorporadas en el encarcelamiento masivo y en la brutalidad policial. Al trabajar para la justicia climática, la justicia racial o la justicia y la paz en Colombia, una pregunta común que surge es: ¿Cómo navegan nuestros movimientos por estos territorios de la esperanza y la desesperanza?

Un momento de perspicacia

Al reflexionar sobre cómo mi camino budista ha progresado en tándem con mi trabajo activista, he encontrado ilustrativa mi experiencia meditativa de la esperanza y la desesperanza. Hace algunos años estuve haciendo un programa de meditación de una semana en las Montañas Rocosas. Era un diciembre frío y con nieve, pero la sala en la que 40 de nosotros meditábamos era cálida y bien iluminada. Yo había estado allí por unos pocos días, por lo que mi mente había comenzado a posarse. En las palabras del maestro que dirigía el programa, la mente es como un tarro de agua que tiene el sedimento en su interior: Al inicio del programa, el agua ha sido agitada, por lo que el sedimento está flotando por todas partes. Pero a medida que pasan los días, el sedimento comienza a posarse en el fondo y el agua se vuelve más clara. Es el tercer día: No estoy durmiendo tanto durante las sesiones de meditación, me duele menos la espalda. Estoy pensando, pero la velocidad de los pensamientos disparados por mis sinapsis se ha ralentizado. Dormí bien durante la noche y tomé una taza de café fuerte, y es la primera sesión del día. Después de unos minutos, la sala es cristalina, afuera la nieve es de un blanco brillante, la respiración está entrando y saliendo fácilmente, el cojín delante de mí es rojo puro, y estoy consciente de todas las otras personas en la sala. Todo es exactamente lo que es. Siento expandir el espacio a mi alrededor. Está vivo.

Entonces, una voz: “De esto se trata. Lo estoy haciendo. Ah, sí, aquí está, esto, esto, ESTO. Puedo sentirlo. Es tan increíble, este sentimiento.”

En otras palabras, tengo esperanzas.

Es como cuando me di cuenta de que estaba montando una bicicleta por primera vez y volteé a ver a mi papá, quien, momentos antes, había estado aferrándose a la parte posterior de mi sillín de forma de plátano azul. En el momento en que me di cuenta de que él no estaba allí, me caí. En la sala de meditación, tan pronto como tuve la experiencia de algo abierto, me convertí en mi propia animadora espiritual manteniéndome al margen, fuera de la propia experiencia, tratando de agarrarla y aferrarme a ella, con la esperanza de que el próximo momento siguiera siendo tan lindo como el que ya pasó. Y eso hizo desaparecer el espacio; el sedimento se agitó de nuevo. Me acordé de que yo era mí misma (sin remedio): la sala no estaba permanentemente en technicolor, el espacio que me rodeaba no estaba expandiéndose hacia fuera. Y eso era todo: la brillantez del momento presente, que era bastante libre tanto de la esperanza como de su ausencia, se había ido.

Los momentos de introspección como aquellos en la sala de meditación de aquel día han coexistido felizmente junto a mi labor de los derechos humanos a lo largo de los años, cada uno con su propio estilo en el cuadrilátero de boxeo: en el primer asalto estoy lista para luchar, luchar, luchar contra las guerras, la violencia y los -ismos del mundo; en el siguiente, estoy en contra de mi propia confusión y engaño, y mi única arma es simplemente prestar atención a mi respiración. Con mis compañeros budistas, por lo general, evito armar un alboroto sobre el poder corporativo o sobre las tácticas de base para aplastar al estado, y mis amigos activistas y yo, por lo general, no hablamos de la tendencia habitual del ego a solidificarse. En muchos aspectos, he encontrado que es difícil integrar estos dos mundos, incluso si ambos son profundamente importantes para mí.

Sin embargo, algún tipo de integración, aunque en un nivel más subconsciente, me ha sucedido en los últimos años. La práctica budista de estar presente, momento a momento, para cualquier cosa que surja en mis pensamientos y experiencia ha fortalecido mi aguante necesario para estar presente, año tras año, para lo que está pasando en el mundo.

Esta integración se hizo más nítida hace un par de años en el fresco sol de la montaña de mi patio trasero en Bogotá, mientras leía las palabras perspicaces de Kathleen Dean Moore, escritora de la naturaleza, catedrática de filosofía y activista de toda la vida que se describe a sí misma como una “secularista sagrada.” Según la sabiduría convencional, los activistas están motivados por la esperanza de que las cosas puedan mejorar, de que la humanidad pueda despertar finalmente y oler el aroma de … algo.

Sin embargo, Dean-Moore desafía los adornos de la esperanza. Con sus estudiantes tiene un “indicador de esperanza” para el futuro de la Tierra, en el que “uno” significa muy poca esperanza y “diez” significa que no hay preocupaciones. Ella dice que se encuentra alrededor de un “uno”, basado en su conocimiento de la destrucción del medio ambiente que está devastando al planeta. “Entonces, ¿por qué te esfuerzas?” preguntó un reportero en una entrevista. Ella ofrece esta respuesta:

La gente tiende a pensar que sólo tenemos dos opciones: la esperanza o la desesperación. Pero ninguna de las dos es aceptable. […] Entre la esperanza y la desesperación está el amplio territorio de la integridad moral—una correspondencia entre lo que crees y lo que haces. Actúas con amor hacia tus hijos porque los amas. Vives de manera simple porque crees en obtener sólo tu porción justa. Haces lo que es correcto porque es lo correcto, no porque vas a sacar provecho de ello.

Hay libertad en eso. Hay alegría en eso. Y, en última instancia, hay cambio social en eso.10

Ella hablaba sobre la esperanza y el miedo —una enseñanza budista conocida— pero lo pronunciaba en lenguaje secular y desde la perspectiva de alguien que sabe cuánto las cosas necesitan cambiar. Fue un momento de descubrimiento para mí acerca de por qué la esperanza puede ser un obstáculo tanto cuando uno se sienta en el cojín de meditación como cuando sale a las calles.

Más recientemente, leí una entrevista con Stephen Jenkinson, al que se describe como el ángel de la muerte en su labor de apoyar a las personas durante sus procesos de morir, de muerte y de duelo. Su estrategia sobre la cuestión de la esperanza es similar. En esta escena de un documental realizado sobre su trabajo, él está enseñando ante una sala llena de médicos jóvenes:

Estoy escribiendo dos palabras en la pizarra: desesperado y esperanzado. Parece como si estas fueran las únicas opciones. Pero entonces debajo de ellas escribo “exento de la esperanza”—y ese soy yo. He pasado mucho tiempo para llegar a “exento de la esperanza”, pero ahora que estoy aquí, no requiero que la esperanza sea mi combustible para llevarme a cualquier lugar … [La esperanza es] la metadona para la gente de la Nueva Era. No me malinterpreten: es comprensible que se la tenga. Y muchas personas están bastante seguras de que la necesitan … Así funciona la esperanza en las personas: es para el futuro. Es adicto a la posibilidad y totalmente desapegado del ahora. O estás bien informado y dejas que tus días sean guiados por esa sabiduría, o estás esperanzado. Pero tampoco voy a entrar en el tráfico de la desesperanza. No estoy deprimido. No estoy desesperado. Sólo estoy tratando de ser testigo fiel de la historia.11

Para un activista, la esperanza que Jenkinson describe puede ser como una adicción a un escenario futuro en el que todo es mejor y diferente. Este es un juego peligroso, ya que es seguido tan rápidamente por la desesperanza cuando la realidad se impone. Y la desesperación puede llevar a la parálisis. Por consiguiente, tenemos la ida y vuelta del interminable sube y baja de la esperanza-y-sin esperanza.

Creo que, en parte, es este tipo de esperanza que conduce al estrés ocupacional crónico y a la desesperación, y esta podría ser una razón por la cual los estudiantes activistas son a docena por centavo, pero los ancianos en nuestra comunidad de activistas son más difíciles de obtener. Como una persona joven, mi esperanza e idealismo me animaron a seguir adelante, pero luego cumplí los treinta años: yo no había orquestado con éxito una revolución en todo el mundo, y no había mucho dinero en mi cuenta bancaria. En una cultura obsesionada con el éxito, yo podría haber considerado que mis esfuerzos eran “sin éxito” y podría haber abandonado el barco por completo.

Más allá de la esperanza y la desesperanza

A través de las palabras tanto de Dean-Moore como de Jenkinson, me doy cuenta de que no es solamente la práctica de la meditación la que me ha ayudado a renunciar a la esperanza como el combustible para la acción en desarrollo. El mundo mismo, con sus titulares deprimentes sin fin y su avalancha de noticias sin esperanza me ha obligado a abandonar el sube y baja también.

El anuncio del Gobierno de Colombia de que las conversaciones de paz se iniciarían en el año 2012 fue un momento para tener esperanzas, pero fue rápidamente seguido por esta aclaración: No habrá ninguna pausa en las hostilidades. Los combates iban a continuar mientras que la paz estaba siendo negociada. Estos términos se establecieron debido a anteriores intentos de paz fallidos. La última ronda de negociaciones tuvo lugar durante el período presidencial de Andrés Pastrana desde 1998 hasta 2002. La famosa fotografía en aquel entonces fue de una reunión histórica que tuvo lugar en una mesa de plástico, bajo un techo de paja y que tuvo como fondo el follaje verde—el presidente recién electo Pastrana había viajado al territorio de las FARC para tener una conversación preliminar con el entonces jefe militar de la guerrilla Marulanda sobre una posible negociación de paz. Ganó las elecciones, emprendió acciones para negociar la paz, y luego, después de años de ir y venir, todo el acuerdo fracasó. Cuatro años más tarde, en lugar de estar más cerca de firmar un acuerdo de paz, ambos bandos estaban más equipados para seguir luchando en una guerra.

Tal vez el peor y más doloroso intento de todas las negociaciones entre el gobierno colombiano y las FARC fue en 1985. Como parte del acuerdo de las FARC con el gobierno, se formó un partido político conocido como la Unión Patriótica (UP). Los ex guerrilleros y muchos otros civiles que compartían la agenda política de la Unión Patriótica se unieron al partido. La UP comenzó a ganar puestos y elecciones en todo el país en las contiendas por alcalde, gobernador y el Senado. Un número de candidatos presidenciales de la UP obtuvieron un apoyo considerable. Así comenzó el baño de sangre: Durante los próximos diez años, 3.000 líderes y miembros de la UP fueron asesinados, lo que eliminó eficazmente al partido por completo12 En otras palabras, fue un genocidio político. Cada grupo en la historia de Colombia de los conflictos armados que ha tratado de dejar las armas y reincorporarse al ambiente político ha sido recibido por las amenazas, el exilio y la muerte. Colombia no ha tenido ningún espacio para acoger una agenda política diferente y, por lo tanto, cada intento de negociación ha sido recibido con más derramamiento de sangre.

En cada uno de estos períodos, las élites de cada bando, las de arriba y los peces gordos, han negociado acuerdos, han hablado y debatido cada punto sobre cómo, por qué, y si los grupos armados van a deponer las armas. Durante todo ese tiempo, las víctimas predominantes del conflicto —las mujeres, las comunidades afrocolombianas e indígenas y los agricultores— enfrentan con coraje la violencia cotidiana en los esfuerzos para construir la paz del suelo para arriba.

He viajado sobre el lomo de burros y caballos, he pateado por el barro y cruzado ríos en las botas de goma, y me he aferrado a los lados de un barco a toda velocidad por el río Atrato para visitar estas comunidades; he jugado a las cartas a la luz de velas, cantado canciones, y compartido café con estas personas valientes. Ellos me han enseñado algo que reconozco de mi práctica de meditación también. De ninguna manera son perfectas sus luchas—hay injusticias y luchas internas. Hay personas que se van y otros que se unen a la lucha. Las amenazas y la violencia asustan a algunos tanto que no pueden seguir corriendo el riesgo. Mientras tanto, los presidentes de Colombia van y vienen con sus promesas de esto y aquello. Pese a las circunstancias externas —circunstancias tan difíciles que es más razonable que la gente prefiera irse que quedarse— hay personas que siguen apareciendo, día tras día, comprometidas con la dignidad humana, con los derechos humanos y con la vida.

Esa disposición de seguir apareciendo es la práctica de ningún éxito. La conocen bien los activistas y los meditadores por igual. Es la práctica de renunciar a la esperanza y a la desesperanza, de dejar ir el apego a los resultados, a la fruición, a un sentido de logro, sin desesperación o pesimismo. “Ningún éxito” es bastante contrario a todo lo que nuestra cultura nos enseña acerca de cómo orientar nuestras vidas. La esperanza de la iluminación o de la paz mundial o el miedo al samsara sin fin y a la extinción del planeta son infinitos sube y bajas sin salida. La práctica de ningún éxito abre el espacio actual del ahora, nos pide que tomemos asiento (de nuevo) y sigamos la respiración porque confiamos en que existe allí la cordura básica; actuamos (de nuevo) porque sabemos que a pesar de toda la guerra y la agresión, hay bondad, paz y justicia para ser descubiertas.


Liza Smith es activista, cantante y compositora; reflexiona en la vida, el amor y la revolución a través de canciones, ensayos y el poema esporádico. Hace 15 años que está involucrada en el trabajo de derechos humanos en Colombia, organizando solidaridad de base en los Estados Unidos y acompañando a líderes de los derechos humanos y comunidades que son amenazados en Colombia. Actualmente es directora asociada de FOR Peace Presence y vive en Oakland con su pareja y su hija.


Ilustración por Alicia Brown

  1. Chögyam Trungpa, “Cúpula Darshan,” en The Collected Works of Chögyam Trungpa, Volume Three, Ed. Carolyn R. Gimian, (Boston: Shambhala Publications, 2003), 539.
  2.  Lo que hemos ganado, la Fundación Paz y Reconciliación, 11 de noviembre de 2015, http://www.pares.com.co/carrusel/lo-que-hemos-ganado/. Véase también “Hope for Colombia’s Peace Process,” (“Esperanza para el proceso de paz de Colombia,”) New York Times, 9 de marzo de 2015, http://www.nytimes.com/2015/03/10/opinion/hope-for-columbias-peace-process.html?_r = 0
  3.  Los Nadies, Somos Defensores, 18 de agosto de 2015, http://www.somosdefensores.org/index.php/en/publicaciones/informes-siaddhh/134-los-nadie
  4. Ibid.
  5. ¿Cuántos más?, GlobalWitness.org, 20 de abril de 2015, https://www.globalwitness.org/en/campaigns/environmental-activists/how-many-more/
  6.  ¿Cuántos más?, GlobalWitness.org, 20 de abril de 2015.
  7.  Grupo de Memoria Histórica (GMH), ¡Basta Ya! Colombia: Memorias de guerra y dignidad (Bogotá, Imprenta Nacional, 2013), http://www.centrodememoriahistorica.gov.co/descargas/informes2013/bastaYa/BYColombiaMemoriasGuerraDignidadAgosto2014.pdf.
  8. Movimiento de Reconciliación. What’s land got to do with it? Colombia: Answers to the questions you’ve always wanted to ask (¿Qué es lo que tiene que ver la tierra con ello? Colombia: Las respuestas a las preguntas que siempre has querido preguntar). www.forusa.org. Obtenido de https://peacepresence.org/wp-content/uploads/2015/12/Land-booklet.pdf.
  9.  “Seis millones de víctimas deja el conflicto en Colombia,” Semana, 8 de febrero de 2014, http://www.semana.com/nacion/articulo/victimas-del-conflicto-armado-en-colombia/376494-3
  10.  María DeMocker, “If Your House Is on Fire: Kathleen Dean Moore on the Moral Urgency of Climate Change,” (“Si su casa está en llamas: Kathleen Dean Moore sobre la urgencia moral del cambio climático”), entrevista con Kathleen Dean Moore, The Sun, diciembre de 2012, http://thesunmagazine.org/issues/444/if_your_house_is_on_fire?page = 7.
  11.  Erik Hoffner, “As We Lay Dying: Stephen Jenkinson on How We Deny Our Mortality,” “(A medida que estamos moribundos: Stephen Jenkinson sobre cómo negamos nuestra mortalidad). Entrevista con Stephen Jenkinson, The Sun, agosto de 2015, http://thesunmagazine.org/issues/476/jenkinson_dying
  12. Iván Cepeda Castro, “Genocidio político: El caso de la Unión Patriótica en Colombia,” Fundación Manuel Cepeda Vargas, Desaparecidos.org, obtenido el 30 de diciembre de 2015, http://www.desaparecidos.org/colombia/fmcepeda/genocidio-up /cepeda.html.

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