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Hacer frente al desafío: La raza y la inclusividad en el Sangha

Image of people singing around a campfire

El verano pasado viajé desde mi casa en Berkeley, California a Pátzcuaro, México para una semana de retiro de meditación de sangha “joven”. Digo “joven” porque en nuestro grupo de más o menos 20 personas, aunque variábamos en edad iniciando desde los 20 años hasta los 40, los años cronológicos no importaban. Éramos artistas, activistas, educadores y académicos unidos por una curiosidad por explorar cómo la creatividad y la práctica contemplativa podrían afectar los problemas sociales y ambientales más grandes de nuestro tiempo. Como una budista de 33 años de edad que baila y escribe, me sentí como en casa. Además de los participantes mexicanos, los jóvenes de corazón llegaron de diversos lugares de los Estados Unidos y de Europa. Durante el día, meditamos, estudiamos el Dharma, y ​​participamos en actividades experienciales. De noche, disfrutamos de las hogueras, de la conversación, y tal vez de unos pocos sorbos de tequila.

A medida que los días se convertían en lo que parecían años, nos hicimos buenos amigos. Los romances florecieron, se desintegraron, y volvieron a florecer. Nuestras fogatas nocturnas se transformaron en el compartir desinhibido e intercambio libre con poesía improvisada, narración mística, y en el cantar en grupo. Estábamos conectados unos con otros y con el exuberante bosque en plena floración que nos sustentaba—un hermoso organismo que respiraba.

Entonces, alguien dejó caer esa palabra que comienza con la “n”.

Ocurrió de manera suficientemente inocua. Durante una noche de canto en grupo, “The Lion Sleeps Tonight” (“El león duerme esta noche”) llevó (naturalmente) a “Baby Got Back” de Sir Mix-a-Lot y luego a “Juicy” (“Jugosa”) de Biggie.

“… Y si no lo sabías, ahora lo sabes, n **** …” 1

Yo había cantado esa letra millones de veces mientras viajaba por la carretera en mi coche y en la comodidad de mi propia casa—pero nunca con un público internacional, y ciertamente no con los blancos.

Mi cuerpo se tensó cuando nos acercamos al coro. La mayoría, incluyendo los europeos y los mexicanos, se saltaron la palabra ofensiva. Una chica rubia, que al principio había comenzado a escupir las conocidas letras de rap, siguió adelante, por lo visto sin darse cuenta. Me quedé helada. ¿Esto realmente acaba de ocurrir en este lugar espiritual con esta gente comprometida, progresista y socialmente consciente? Yo quería fingir que no había ocurrido, y quería reanudar nuestra dicha de un solo cuerpo que respira, pero el cuerpo mío me dijo que esto ya no era una opción. La expresión de n **** en un ambiente lúdico me apuñaló como una daga en el corazón, y de repente sentí el dolor de la separación, del aislamiento y de la opresión. Sopesaba la mejor manera de abordar la situación, sin “arruinar la diversión.” No quería ser esa chica.

En verdad, ninguno de nosotros sabía cómo hablar sobre la raza ni cómo comenzar a desempacar todo el equipaje que se incluye a menudo en esa conversación. Estábamos mal preparados porque, como productos de una sociedad que aún se está recuperando de las heridas de la esclavitud, habíamos aprendido “cómo no ver la raza.” Habíamos perfeccionado el arte de evitar este tipo de diálogo o de decir algo ofreciendo palabras vacías que no significaban nada en absoluto. La experiencia me había demostrado que cuando se trataba de discutir la raza, la sensación que surgió a menudo fue el miedo. Tal vez ofendas a alguien o inadvertidamente reveles alguna verdad desagradable que no sabías que sostenías y seas tachado de ser ‘racista’. Como una niña de dos razas que se identificaba como Negra, me preocupaba no poder expresar adecuadamente los sentimientos de mi pueblo, o peor, compartir mi punto un poco demasiado bien, y ser tachada de ser ‘irascible.’

Mientras crecía en un pequeño pueblo en las afueras de Salt Lake City aprendí a una edad temprana a no hablar sobre la raza. Como la mayoría de personas, mi objetivo principal a través de la adolescencia era encajar. Eso significaba el acto de acallar los aspectos de mi personalidad que eran diferentes de mis compañeros de clase que en su gran mayoría eran rubios y de ojos azules. Diariamente y con diligencia pegué mis rizos salvajes en una apretada y trenzada cola de caballo mantenida en su lugar con LA Looks Mega Hold 8—fuerza industrial, para el cabello más rebelde. Rogué por los zapatos Doc Marten y jeans Girbaud y adquirí la mejor jerga del estado de Utah, incluyendo el uso de “fudge” como una palabrota (para sustituir esa palabra fea inglesa que comienza con ‘f’). Por ejemplo: “¡La ensalada verde Jell-O se derritió en el sol! Oh, ¡fudge!”

Al amplificar algunos aspectos de mi personalidad y amputar otros, podía (por las apariencias) tener éxito en mi comunidad. Tenía amigos—pero muchos, llegué a ser miembro del equipo de porristas, vendí la cantidad más grande de las galletas Girl Scouts (niñas exploradoras). Con el tiempo, el mundo blanco se convirtió en “mi” mundo. Incluso cuando vivía en áreas de mayor diversidad étnica, incluyendo Chicago y Birmingham, Alabama, me encontraba haciendo amigos con los blancos y pasando tiempo en espacios predominantemente blancos. Hablaba su idioma con fluidez y olvidé con facilidad aquellas partes de mí misma que no podía habitar plenamente.

Naturalmente, había una gran cantidad de dolor asociado al ser frecuentemente la única chica Negra en mi círculo de amigos, incluyendo el tipo de inconvenientes menores como no sentirme atractiva o como nunca sentirme entendida por completo. Pero también había beneficios. Ajusté mi propia versión del privilegio de los blancos, creyendo que yo pertenecía a cualquier lugar donde estuvieran los blancos. Esto me permitió la entrada a, y la facilidad completa en, los puestos de trabajo, las escuelas y las oportunidades para generar relaciones laborales. Fue el boleto blanco proverbial en el bolsillo trasero que me llevó a la puerta del budismo. Si aún no hubiera encontrado consuelo en los entornos homogéneos, probablemente me habría parecido extraño que el 95% de mi sangha era blanco. Más extraño aún fue el hecho de que el fundador de nuestro linaje y el heredero del linaje actual eran tibetanos. ¿Cómo podría desarrollarse una comunidad de este tipo?  Por desgracia, no había cuestionado estas cosas porque no las había visto.

Entonces, me mudé a Berkeley y me afeité la cabeza.

Mi cabello siempre había sido mi señal de diferencia—la parte de mí que proclamaba mi ambigüedad étnica. Mis mechones de cabello naturalmente blanqueados por el sol rodeaban mi cara y oscurecían mis rasgos Negros. Me deleitaba cuando me confundían por colombiana o brasileña. Sin mi cabellera, me convertí en una mujer innegablemente Negra. Lo sentí inmediatamente. El día que me corté el pelo, las mujeres Negras de repente me saludaban, eran más corteses en la tienda de comestibles, decían que les gustaba mi cabeza rapada, y comentaban sobre mi valentía. Mientras los hombres Negros me pasaban en la calle, donde en el pasado me hubieran piropeado, ahora recibía movimientos de cabeza respetuosos. Sin mi pelo, me admitían en una tribu racial en la que yo nunca había sabido que no tenía membresía.

Y a medida que empezaba a reconocer mi herencia, las atrofiadas partes Negras de mi ser empezaron de repente a cobrar vida. Ya no avergonzada de no ser otra persona, empecé a celebrar mis rasgos Negros, a reconocer a otras personas de color en espacios predominantemente blancos y, por primera vez, a hablar con entusiasmo sobre la raza. A medida que se desarrollaba este despertar, empecé a mirar con nuevos ojos los lugares donde he pasado tiempo, empezando con mi práctica espiritual. Me preguntaba: ¿por qué no hay más personas de color en mi sangha? ¿Soy parte de una cultura alienante?

Vi lo sutil: Los espacios elevados con sofás y arreglos ikebana donde mi comunidad budista se junta. Eran salas sencillas, cómodas y elegantes, pero me recordaron la “sala formal” que, de niña, no se me permitía entrar. Recordé mis primeras experiencias en nuestro centro de meditación y los sentimientos de incertidumbre mientras mi cuerpo se preguntaba si se le estaba “permitido” entrar en dichos espacios inmaculados. Me acordé de otras personas que tomaban una siesta con indiferencia o ponían los pies sobre las mesas de centro en estas salas y la forma en que eso me pareció un punto de distinción, un ejemplo de comodidad con privilegio.

Y recordé lo obvio: A medida que conectábamos el Dharma a nuestra vida cotidiana en las clases budistas, ¿había habido alguna vez en que hubiéramos hablado de la raza y el privilegio de los blancos? ¿No alcanzó el buda la iluminación (en parte) a través de abandonar su propio privilegio? ¿No está la herida del privilegio blanco a la vanguardia de la sociedad estadounidense?¿Cómo es posible que esto no haya sido abordado?

Por suerte, algunos están abordando el problema. La reverenda ángel Kyodo williams Sensei propuso un llamado provocador en el ejemplar veraniego de 2016 de la revista Buddhadharma. Ella escribe: “Si es que alguna vez te has preguntado cómo te habrías presentado ante el desafío que enfrentó la América del Norte blanca cuando Rosa Parks se negó a ceder su asiento, así perturbando el orden social aceptado, ahora es cuando lo descubrirás. ¿Encarnarás realmente nuestra práctica y nuestras enseñanzas o no?”

Este llamado a la acción me vigorizó. Finalmente otra persona llamó la atención sobre lo que había estado sintiendo. En este clima políticamente provocador, ¿cómo podría cualquier budista, lleno de las enseñanzas de compasión y la comprensión profunda, no considerar la forma en que toman parte en el diálogo racial?

Aún así, en las conversaciones acerca de la raza con mis amigos budistas blancos, me he dado cuenta de una tendencia hacia la “circunvalación espiritual”, el afán de saltar a lo absoluto —que realmente todos somos uno— y de alejarse de la confusión y de la suciedad relativa—el malestar de All Lives Matter (“todas las vidas importan), de #SayHerName y de Donald Trump. Y aunque reconozco el concepto de interrelación como un principio clave de nuestras enseñanzas, el cambio veloz a lo absoluto expresa una incapacidad para reconocer simultáneamente los retos de ser una persona de color en este mundo. Eso invalida mis experiencias. Mientras que antes yo barría tales insensibilidades bajo la alfombra, empecé a sentir que una intolerancia se estaba desarrollando.

Cuando lo examiné, me di cuenta de que había mucho con lo que yo había sido reacia en reconocer porque tenía miedo de ser considerada alejada de la realidad, “acusada de usar la carta racial”, o simplemente de ser tachada de quejica. También disfrutaba profundamente de mi comunidad budista y respetaba a muchos de mis maestros. Si lo miraba muy de cerca, aún podría participar?

Pero una vez abierta la puerta, la conciencia me inundó:

La mayoría de los maestros en mi Sangha son de color blanco. ¿Cuántos reconocen que mi experiencia de las enseñanzas se ve afectada de una forma única por el color de mi piel?

Nuestra comunidad ofrece enseñanzas sobre la cordialidad y el espíritu guerrero que nos muestran cómo es el liderazgo iluminado. Sin embargo, todavía tenemos creencias, tal vez inconscientemente, de que los líderes se ven y se comportan como hombres blancos de tipo A. Yo había encontrado esto personalmente cuando el personal y los participantes defirieron a un colega masculino blanco y lo ascendieron continuamente a una posición más alta de autoridad en un retiro que igualmente liderábamos. ¿Por qué? Yo no era incompetente y trabajar conmigo no era difícil. Sólo podía suponer que era porque no tenía la apariencia de, ni el sonido de, una líder estereotípica. Después de un período de tiempo, incluso yo personalmente empecé a creerlo.

Por suerte, a medida que estos sentimientos de dolor aparecían, lo hacían también las sugerencias sobre cómo podríamos abordar estos desafíos.

Creo que cualquier persona en un papel de liderazgo tiene la responsabilidad no sólo de reconocer las diferencias raciales de los estudiantes en su grupo, sino también de esforzarse por conectar con las minorías de forma individual y simplemente escuchar.

Creo que el empoderamiento de las personas de color consiste específicamente en los actos de animarnos a entrar en posiciones de poder, de apoyar nuestra voz y de reconocer nuestra valentía, incluso si nuestro liderazgo se siente “inestable” o diferente de lo acostumbrado. En parte, esto se trata de ser consciente de lo que enfrentamos en el liderazgo sobre un público predominantemente blanco. La sociedad ofrece continuamente imágenes que muestran a las personas de color que no alcanzamos el nivel de las normas. No se nos enseña la ideología de que hemos nacido para ser directores ejecutivos, profesores universitarios, o incluso estrellas de cine y a menudo no estamos empoderados por nuestras propias comunidades. Introducirse en el liderazgo es intimidatorio para todos, pero especialmente para aquellos que no han sido preparados para creer que deben ser seguidos.

Es tan simple como reconocer y ofrecer un agradecimiento verbal cuando una persona de color eleva su voz en un espacio predominantemente blanco.

Cuando abro la boca en una habitación donde soy la única minoría, soy muy consciente de los que están escuchando. Siento presión para hacerlo bien, para representar a mi raza, para decir las cosas que hacen que el público asienta con la cabeza. Siempre estoy en busca de aprobación. Pero por dentro me siento así: “no he estudiado las relaciones raciales, ¿quién soy yo para hablar de estas cosas? He invertido demasiado en este empeño para tratar de ser elocuente “.

Hago una escena retrospectiva hasta el momento alrededor de la fogata en el retiro.

“Me gusta cantar con ustedes, pero, por favor, ¿podemos evitar los insultos raciales?”

Ójala lo hubiera dicho, pero el comentario provino de la única otra chica Negra en medio de nosotros. Sentí un alivio inmediato y luego la vergüenza. ¿Por qué no había podido yo expresar mi malestar? El grupo reconoció su solicitud, disculpas fueron pronunciadas, y el canto continuó. Me fui a la cama. Días después, la chica que había dicho el epíteto me llevó aparte para disculparse personalmente. Ella nunca tuvo la intención de ofender y “se dejó llevar por el momento”.

¿Cuántas veces había sido yo tomada por sorpresa y actuado de manera que desearía no haberlo hecho?

Durante el aprendizaje sobre cómo hablar de la raza, estoy descubriendo que está bien hacer perturbaciones y no siempre ser aceptada o incluso comprendida. Las cosas van a hacerse liosas, y esto es una buena noticia, siempre y cuando reconozcamos que concedernos el permiso para no “hacer las cosas bien” sería una manera en que todos podríamos seguir adelante.


Kelsey Blackwell es la coordinadora principal de Shambhala Oakland, una reunión satélite de meditación en Oakland, California, que ofrece instrucción de meditación, discusión y actividades experienciales que incorporan la práctica del prestar atención y “bodyfulness” (prestar atención en el cuerpo) para tener la experiencia de nuestra dignidad fundamental del ser humano. Como bailarina, ha estudiado ballet, el baile moderno y de África, y actualmente practica y enseña el InterPlay (la interacción juguetona de cuerpo sabio para todos los seres humanos) que incorpora el movimiento, la narración de cuentos y canciones para desencadenar la sabiduría del cuerpo. En su blog, TheMarvelousCrumb.com, Kelsey celebra el camino incierto de vivir una vida llena de propósito.


Illustración por Alicia Brown.

  1. N*** se refiere a una palabra sumamente ofensiva en inglés, derivada de la que quiere decir ‘negro’ en español. Es muy despectiva y peyorativa, especialmente en compañía de personas blancas y negras, aunque parece ser menos peyorativa en compañía sólo de personas negras.

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